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RAZONES DE LO QUE CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson

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LA SALVACIÓN DEL ALMA

Stg. 1:18-25

 

            Cuando Jesús dijo: “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10); se refería a lo mismo que Santiago cuando éste dijo:  “Por lo tanto, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Stg. 1:21).  No se trata de cómo ir al cielo, sino de cómo el hijo de Dios (y una iglesia) puede tener calidad y utilidad.  Juan se refirió a lo mismo al decir:  “Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Jn. 1:4).

            La palabra “alma” (Stg. 1:21) proviene de la palabra griega “psuche”, que se refiere a los sentimientos o percepción, o sea, la conciencia.  En este sentido la Biblia afirma que los animales tienen alma, o vida  (Gn. 1:24:  “seres vivientes”; Ec. 3:21:  “el espíritu del animal”).  Tienen conocimiento y percepción de lo que ocurre a su alrededor.  “Psuche”, o alma, no es igual a “pneuma”, espíritu eterno.  Entre los mortales, sólo el hombre posee “pneuma”, que significa el principio vital o la parte del ser que es racional y tiene conocimiento de Dios.  Por lo tanto, la salvación del alma se refiere a la liberación de la vida cognoscible y perceptible, y no del espíritu eterno.  Este último recibe salvación del lago de fuego mediante fe en la obra consumada de Cristo en la cruz.  La vida cotidiana se salva del fracaso y la esterilidad mediante la obediencia de los principios de la Palabra de Dios.  Éste es el mensaje del apóstol Santiago en Stg. 1:18-25.  No sólo aquí, sino en muchos pasajes “alma” (v. 21) se refiere a la vida cotidiana.  “Psuche”, que aquí se traduce “alma”, se encuentra  en otros pasajes como “vida”.  En referencia a su propia muerte, Jesús dijo:  “y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28; Mr. 10:45).  Obviamente no se refería a su existencia eterna.  Además, en Jn. 10:11, Jesús dijo:  “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.”  Luego añadió:  “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”  También se traduce “psuche” por vida en Mt. 6:25:  “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de vestir.  ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”  Mt. 10:39 hace referencia al alma como la vida cotidiana:  “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”.  Escuchemos a Hch. 15:26:  “hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo.”  Fijémonos en cómo Pablo usa “psuche” en Hch. 20:24:  “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.” 

            Todo esto lo digo para facilitar la comprensión de las palabras de Santiago:  “recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (v. 21).  Se refiere a cómo estimular y enriquecer la  vida “que ahora vivo en la carne” (Gá. 2:20).  Fuimos hechos a la imagen de Dios (Gn. 1:26-27); por lo tanto, tenemos cuerpo (soma), alma (psuche) y espíritu (pneuma).  Las Escrituras hablan de los tres aspectos del hombre.  En el texto, Santiago simplemente hace referencia al segundo de ellos, o sea, el alma “psuche”.  Es nuestra vida cotidiana durante este peregrinaje terrenal.  Dios desea que tengamos una vida abundante y, por ello, inspiró al apóstol Santiago a explicarnos cómo.  [Utilizaremos la expresión “vida cotidiana” para diferenciar “psuche” del espíritu eterno “pneuma”.]

 

I.                    PARA EMPEZAR A TENER UNA VIDA ABUNDANTE HAY QUE OÍR LA PALABRA.

A.            Santiago lo enfatiza bien.

1.             En primer lugar nacemos a la familia de Dios por la Palabra de verdad.  “El, de su voluntad, no hizo nacer por la palabra de verdad” (Stg. 1:18).  Sabemos que “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17).  Al oír la verdad de la Palabra de Dios sobre nuestra condición pecaminosa, y luego sobre la muerte, la sepultura y la resurrección de Jesucristo, somos “renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre” (1 P. 1:23). 

2.             No sólo es necesario oír para recibir la salvación, sino que seguimos teniendo la necesidad de oír.  Santiago manda que “todo hombre sea pronto para oír” (Stg. 1:19).  Ambas cosas son esenciales para tener una conducta aceptable a Dios.  Primero, oímos la palabra de verdad sobre la salvación eterna, recibiendo redención.  Segundo, oímos la palabra de verdad sobre el andar cristiano para tener una conducta aceptable ante Dios.  Por lo tanto, es comprensible que Jesús dijera:  “Oíd, y entended” (Mt. 15:10).  También, por el mismo motivo, el Padre dijo:  “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mt. 17:5).  Dios manda repetidamente:  “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mt. 11:15; 13:9, 43; Mr. 4:9, 23; 7:16; Lc. 8:8; 14:35).  El consejo de Salomón en Ec. 5:1 es tan válido para hoy como era para entonces.  Exhortó:  “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal.”

3.             Santiago vuelve a enfatizar la importancia de oír la palabra de Dios en Stg. 1:21.  Dijo:  “recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.”  Insisto en que una de las necesidades más importantes para el bienestar espiritual es recibir la Palabra de Dios:  leerla, oírla y meditar en ella.  No la podemos ignorar.  Tampoco conocemos la Palabra de Dios de forma natural.  Nunca sabremos pensar bien sin la influencia de ella.  Por inclinación natural, uno simplemente va de mal en peor en su forma de pensar depravada.  1 Co. 2:9 dice:  “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.”  Después dice:  “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (v. 14).  Por no ser la Palabra de verdad natural a nosotros, nos tiene que ser “implantada”.  Al igual que se hacen injertos en los árboles, hace falta que la Palabra nos sea injertada.  Sin ella somos de mala cepa.  El creyente necesita “la palabra implantada” para sí mismo, para ser útil a otros y  para honrar a Dios.

B.            La Palabra de verdad tiene el poder para salvar el alma.

1.             No me refiero a ir al cielo cuando uno muere, aunque inicialmente la Palabra implantada imparte vida eterna.  Me refiero a lo que hace la Palabra implantada en la vida cotidiana del creyente, es a saber, transforma al creyente a la imagen del amado Hijo de Dios (Ro. 8:29).

2.             La Palabra de Dios mejora la vida día tras día, salvando del odio, venganza, orgullo, lascivia, tentaciones y pecados, lo cual destruye la calidad de vida del creyente.  De forma asombrosa, salva la vida del fracaso.

3.             Nos puede rescatar de desperdiciar el tiempo.  Nos puede librar de la rebelión.  Puede salvar de la ruina o del vicio del dinero.  Puede salvar matrimonios.  Puede librar la iglesia de chismes y disensiones.  Nos puede librar de la impaciencia.  Puede librarnos de malas reacciones por circunstancias adversas.  Nos puede librar de amargura y desánimo.  Nos puede salvar de irritabilidad y pesimismo.  Nos puede salvar de la esclavitud del dinero, tabaco o alcohol.

4.             Por eso Santiago nos exhorta a oírla, tomarla, recibirla.  Si uno desea mejorar su vida, enriqueciéndola enormemente, debe recibir la Palabra.  Cada principio de verdad que recibe, practicándolo, será una fuente de mejora.  Será como injertar algo bueno en una cepa degenerada.  En vista de estas cualidades para salvar, tendríamos que hacer todo lo posible por recibir de ella todo lo que podamos.  ¡Leamos la Palabra!  ¡Estudiémosla!  ¡Escuchémosla!  Debemos aprenderla en la escuela dominical.  Debemos escucharla en la predicación.  Debemos tener amistades que hablen de ella.  Debemos dedicar tiempo a leerla y meditar en ella cada día.  Debe impregnar nuestros pensamientos.  No debemos llenar las mentes con música mundana, telenovelas y lo demás que nos ofrece la televisión.  No debemos meditar sobre nuestros problemas, fracasos o debilidades, preocupándonos por todo ello.  No debemos dedicar todo el esfuerzo mental a los problemas del mundo.  Tampoco debemos dedicar todos nuestros pensamientos al trabajo, lo material o las vacaciones.  No hay que pensar en lo que parece sensato y razonable.  ¡No!  Hay que pensar en la Palabra de Verdad que salva.  Sólo ella nos ayudará a evitar el fracaso.

 

II.                 PERO, ADEMÁS DE OÍR LA PALABRA, HAY QUE HACER LO QUE DICE, SI QUEREMOS UNA VIDA ABUNDANTE.

A.            Merece destacar que he dicho que la Palabra de Dios “puede” salvar el alma, no que la salve.

1.             Santiago dijo que la Palabra “puede salvar vuestras almas” (Stg. 1:21).  Hay una diferencia importante entre “poder salvar” y “salvar”.  La Palabra es poderosa y es capaz de transformar la vida en algo muy precioso (Ro. 12:2).  No obstante, no hace más que condenar al creyente que la oye sin obedecerla.  La Palabra de Dios efectuará la salvación diaria en nuestras vidas y la oímos y la obedecemos (Fil. 2:12), pero no nos beneficiará sólo oírla sin seguir sus instrucciones.  El hijo de Dios que conoce la verdad puede vivir tan derrotado como el que la desconoce por completo. 

2.             Es lo que Santiago explica en Stg. 1:22-25.  Dice en el v. 22 que los que oyen sin practicar se engañan a sí mismos.  “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.”  La Palabra de Dios es un espejo (v. 23 y 1 Co. 13:12).  Un espejo pone en relieve lo que somos, indicando lo que deberíamos hacer.  Sin embargo, no se produce mejoría simplemente al mirar el espejo de Dios, viendo lo que somos y lo que debemos hacer.  Santiago lo dice así:  “Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era” (v. 24).  El creyente que recibe bendición es el que se contempla en el espejo de Dios y, después, hace los cambios necesarios.  El v. 25:  “Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.”    Está totalmente en consonancia con lo que dijo el mismo Señor:  “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Jn. 13:17).

B.            Hay demasiados que profesan ser creyentes que se fijan ocasionalmente en la Palabra de Dios y fingen conformidad con ella, pero no siguen sus instrucciones para la vida cotidiana.

1.             Dios habló a su profeta Ezequiel sobre este problema continuo.  “Y vendrán a ti como viene el pueblo, y estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, y no las pondrán por obra; antes hacen halagos con sus bocas, y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia.  Y he aquí que tú eres a ellos como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra” (Ez. 33:31-32).  Es bastante fácil abrir la boca y hablar del amor de Dios y de sus caminos, pero demostrar nuestra conformidad con Él mediante la conducta es otro cantar.  Dios nos dice:  “cada uno someta a prueba su propia obra” (Gá. 6:4).  Demasiadas veces, los que tienen el precioso nombre de Jesús en la boca, hacen caso omiso a la Palabra de Dios.  La escuchan como si fuera música de fondo, o sea, sin prestar atención.  Aprecian la verdad y la predicación de ella como podrían apreciar una buena música, sin ninguna intención de que tenga un efecto en su vida. 

2.             Dios pronuncia una maldición sobre esta hipocresía:  “Dice, pues, el Señor:  Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado; por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos” (Is. 29:13-14).  Jesús citó este pasaje en Mt. 15:8-9, y también en Mr. 7:6-7, donde dijo:  “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí.  Pues en vano me honran, enseñando como doctrina mandamientos de hombres.” 

3.             Así era Israel durante los tiempos de Moisés.  El rey David dijo:  “Y se acordaban de que Dios era su refugio, y el Dios Altísimo su redentor.  Pero le lisonjeaban con su boca, y con su lengua le mentían; pues sus corazones no eran rectos con él, ni estuvieron firmes en su pacto” (Sal. 78:35-37).

C.            Hoy mismo, hay personas aquí entre nosotros, en la iglesia, que son así.

1.             Algunos han oído la verdad sobre el hogar, pero hasta ahora sin hacer reconciliación matrimonial.  Afirman amar la verdad, pero ¿qué hacen con la verdad que ya tienen?  La “palabra implantada” puede salvar matrimonios, pero algunos no permiten que lo haga.  Personas saben lo que deberían hacer, pero no lo hacen.  No hay ninguna intención en aplicar las instrucciones al caso mencionado del matrimonio.  A ellos importa poco lo que dice la Biblia sobre el matrimonio y sobre el divorcio.

2.             Algunos están bajo la misma condenación por la verdad sobre el perdón.  Han oído que la Palabra de Dios dice que uno tiene que perdonar.  Sin embargo, guardan rencor incluso contra miembros de la misma iglesia.  ¿Cómo puede Dios bendecir nuestra iglesia mientras oímos sin poner en practicar su Palabra?

3.             Algunos conocen el principio establecido en Mt. 18.  Este pasaje explica que el ofendido tiene que ir al ofensor con mansedumbre para buscar reconciliación.  Sin embargo, algunos divulgan la ofensa o emplean indirectas, pero no van directamente a la persona.  Por cosas así, Dios no puede bendecir a la iglesia como quiere.  Me refiero a oidores que no siguen las instrucciones de Dios.

4.             La Palabra de Dios instruye reiteradamente que la leamos y que meditemos en ella.  Sin embargo, muchos hacen caso omiso.  En lugar de llenar sus mentes con la Palabra, las llenan con televisión, música mundana y otras cosas materialistas.  Por eso muchos son enanos espirituales.  Por ello no hay personas como David, Jonatán, Daniel y Pablo entre los hijos de Dios.  No queremos hacer lo que Dios dice.

5.             Dios ha encomendado a los hombres el ser guías espirituales en el hogar, pero hay muchos que no proveen el liderazgo espiritual que hace falta.

6.             La misma Palabra instruye a las esposas a someterse a su marido, apoyándole con toda su persona, pero muchas no hacen caso a este mandamiento.

7.             Han oído lo que la Palabra de Dios dice sobre la lengua perversa, sin embargo hablan mal de otros, participan en chismes, critican y condenan a todos, incluyendo al pastor y a la iglesia.

8.             Muchos han oído lo que dice la Palabra sobre el servicio.  Pero siguen sin servir a nadie, excepto las propias pasiones y deseos.  En lugar de servir, esperan ser servidos.  Eso es ser oidor y no hacedor de la Palabra.

9.             Muchos que conocen el principio de Filemón no son capaces de mostrar misericordia a nadie.  No practican los principios de Dios en cuanto a la paciencia y la consideración de los demás.

10.         Saben lo que dice la Palabra de Dios sobre la sumisión a las autoridades, pero sin someterse a ellas.  Son abiertamente rebeldes e insumisos.

11.         Saben lo que dice la Palabra de Dios sobre la humildad, pero no se humillan.  En lugar de ser humildes son orgullosos.

12.         Han oído lo que enseña la Biblia sobre ser miembros del cuerpo.  En lugar de buscar el bien para uno mismo, debemos buscar el bien para todos.  Sin embargo, siguen obstinados en conseguir lo que quieren a todo coste, y sin tener en cuenta el daño para otros.  Si el pastor u otra persona intenta callarlo, protestan que todo el mundo tiene derecho a decir lo que opina.  Acusan al pastor de dictador cuando él intenta impedir que dañen al cuerpo de Cristo.

13.         Saben que la Palabra de Dios dice que hay que hacer bien a los enemigos.  Pero ¿qué bien han hecho a sus enemigos?  Si hicieran una lista de cosas que han hecho por ellos ¿qué habría en la lista?  Una lista en blanco indica ser oidor y no hacedor de la Palabra.

14.         Por eso Dios no puede bendecir.  No recibimos “la palabra implantada” como deberíamos.  Sin embargo, seguimos esperando bendiciones a pesar de nuestra ignorancia de la Palabra y nuestra obediencia a ella.  Si vamos a experimentar la salvación del alma en el sentido de Stg. 1:22, debemos oír y hacer lo que Dios dice.  No hay otra manera para llegar a disfrutar de las bendiciones en la vida.

D.            Bajo inspiración divina, el apóstol Santiago dice que los creyentes “seamos primicias de sus criaturas” (Stg. 1:18).

1.             Indica que los creyentes debemos ser un ejemplo de los principios de Dios en la vida cotidiana.  Los demás deberían poder ver en el creyente a uno que oye y obedece la Palabra.

2.             El amado Juan dijo:  “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Jn. 3:18).

3.             El grado de salvación del poder y dominio del pecado depende del grado de escuchar y obedecer la Palabra de verdad.  Stg. 1:25:  “Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.”

El rey David oró:  “Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad” (Sal. 119:35).  Ahí es donde encontrar la plenitud de la vida.  Los caminos de verdad conducen a liberación y victoria.  Si uno quiere salvar su vida de fracaso, derrota y destrucción, entonces que oiga y haga lo que Dios dice.

 

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