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RAZONES DE LO QUE CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson

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39

LA OBRA DE DIOS EN EL CREYENTE
TERCERA PARTE

Gn. 49:22-26

 

“PODEMOS SER RAMAS FRUCTÍFERAS”

           Hoy vamos a mirar los resultados de la sumisión a Dios a fin de que Él produzca “así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).

 

I.                   DIOS DESEA QUE TODOS SUS HIJOS SEAN FRUCTÍFEROS EN SU SERVICIO.

A.            La primera comisión que Dios dio al hombre se encuentra en Gn. 1:28, que dice:  “Fructificad y multiplicaos”.  Aunque es un mandato a reproducirse físicamente, tiene también implicaciones espirituales.  Fil. 1:11 lo verifica diciendo:  “llenos de frutos de justicia”. 

B.            Pablo escribió a los creyentes colosenses:  “Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:9-10).

C.            Recordemos que somos “hechura” de Dios, con el propósito especial de andar en buenas obras (Ef. 2:10).

D.            Jesús dijo:  “yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn. 15:16).  En el v. 8 dijo:  “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.”

E.             Ro. 7:4:  “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.”

F.             Puede que no veamos nuestra responsabilidad de tener fruto, pero Dios dice que así es.  Si uno no lleva fruto en su servicio como hijo de Dios, no cumple el propósito de su vida.  Lo que le honra a Dios es el fruto.

G.            Las Escrituras demuestran cuál es la actitud de Dios hacia los que son obstinados e insumisos a su voluntad, y por ello no llevan fruto.

1.             Is. 5:1-6 asemeja Israel (y por figura, a cada hijo de Dios) a la viña de un labrador.

a. El labrador trabajó para que la viña fuera fructífera, como Dios hace con nosotros.  La puso en “una ladera fértil”, la cercó, quitó las piedras, puso las mejores vides y construyó una torre en ella.

b.             Y después, esperaba uvas.  El v. 4 dice:  “esperando yo que diese uvas”, e hizo un lagar.  Esperar uvas era razonable.

c. Pero su viña produjo sólo uvas silvestres

d.             Al final (v. 5-6) se ve el resultado de la falta de fruto.

2.             Una vez, cuando Jesús tenía hambre, pasó al lado de una higuera.  Mt. 21:19:  “Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella (así es el caso de demasiados creyentes), sino hojas solamente; y le dijo:  Nunca jamás nazca de ti fruto.  Y luego se secó la higuera” (Mt. 21:19).  El mensaje es obvio y rotundo:  a Dios no le gusta la falta de fruto.

3.             En Jn. 15 Jesús nos representa como pámpanos de una vid (v. 5).  Dijo que los pámpanos que no dan fruto sólo valen para ser echados al fuego a quemar (v. 6).

4.             Fijémonos en la parábola que Jesús dio sobre la higuera (Lc. 13:6-9).

a. La esencia de la parábola es llevar fruto, como Jesús dijo:  “Y si diere fruto, bien” (v. 9).

b.             Pero si no, “la cortarás” (v. 9);  “¿para qué inutiliza también la tierra?” (v. 7).

c. El Señor busca fruto en todos nosotros y tiene derecho de esperar que seamos fructíferos.

H.            Dios quiere que demos fruto.  Nos ha diseñado para darlo y procura cada día hacernos fructíferos.  Además, no es esperar demasiado que nos sometamos a Él, permitiendo que Él produzca fruto en nuestras vidas.  Dice “que presentéis vuestros cuerpos en sacrifico vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Ro. 12:1).

 

II.                 AL SOMETERNOS HUMILDEMENTE POR FE A LA VOLUNTAD DE DIOS, ÉL PRODUCIRÁ UNA ABUNDANCIA DE BUENAS OBRAS EN NOSOTROS.

A.            Jesús prometió:  “el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn.15:5).  En otras palabras, cuando uno se somete a Dios, permitiendo que Él obre por medio suyo, el resultado natural es dar fruto.

B.            Prestemos atención a las Escrituras cuando describen el resultado de la sumisión a Dios.  “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo” (He. 13:20-21).  Él nos hará aptos “en toda obra buena”, que serán agradables “delante de él”. 

C.            Consideremos cómo David expuso esta verdad.  “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.  Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará” (Sal. 1:1-3).  Aquí la Palabra de Dios constata el resultado (v. 3) de someter nuestra voluntad a la de Dios.  Podemos dar fruto continuamente al Señor.  El hecho de que “su hoja no cae” demuestra que no ha de haber intervalos.  Debemos ser de “hoja perenne” en la obra de Dios.

D.            Un pasaje paralelo es Jer. 17:7-9:  “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.  Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.”  Otra vez se ve el énfasis en dar siempre fruto; el creyente debe ser así.  Incluso cuando llega el inevitable calor, continúa exuberante y frondoso.

E.             Consideremos a José, a quien Dios llamó “rama fructífera” (Gn. 49:22).

1.             Sus propios hermanos, envidiosos y avariciosos, amenazaron con matarlo.  De hecho, lo vendieron como esclavo (Gn. 37:18:28).  José sólo tenía diecisiete años (Gn. 37:2).

2.             Vivió separado de sus seres queridos en un país extranjero.  Entonces mintieron sobre él y lo echaron en la cárcel (Gn. 39:11-20).  Estando allí, incluso los que habían recibidos sus favores, se olvidaron de él (Gn. 40:15, 23). 

3.             Sin embargo, José no se rebeló ni se amargó por la obra de Dios en su vida.  De hecho, se sometió incondicionalmente a la voluntad de Dios y reconoció que lo que le sucedía era obra divina.  Dijo a sus hermanos:  “Y Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación.  Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios” (Gn. 45:7-8).

4.             Y a este hombre de Dios, quien se sometió a la voluntad divina, nuestro Dios lo exaltó por encima de todos los de su tiempo, haciéndolo “una rama fructífera”.

a. Tras llegar como siervo a Egipto, Gn. 39:2 dice:  “Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero”.  Llegó a ser siervo de Potifar y Gn. 39:5 dice:  “Jehová bendijo la casa del egipcio a causa de José”. 

b.             Incluso cuando estuvo en la cárcel egipcia “Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel” (Gn. 39:21).  Además, dice:  “porque Jehová esta con José, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba” (v. 23).

c. Llegó el día en que el faraón de Egipto dijo:  “¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios?” (Gn. 41:38).  Entonces Faraón le exaltó a José con una gran ceremonia, haciéndolo el segundo en poder del reino egipcio (Gn. 41:40-45).  Durante los siglos posteriores, Dios ha hecho que el nombre de José excediera en importancia al nombre de Faraón. 

d.             Y Dios dio a José la doble de honra de cualquiera de sus hermanos.  Mientras cada uno de los hijos de Jacob recibió una parte de la heredad de Canaán, José recibió dos.  Así, Efraín y Manasés, hijos de José, constituyeron dos tribus entre las tribus de Israel (Gn. 48:21-22).

F.             Cada hijo de Dios puede ser “una rama fructífera” como José.

1.             No fue la fuerza de José lo que le hizo importante, sino el Espíritu de Dios, a quien José se sometió.

2.             Puede que no tengamos buena voz para cantar o hablar.  O que no seamos demasiado guapos o atléticos.  Quizás seamos pobres y desconocidos.  Sin embargo, Dios puede hacernos fructíferos, si se lo permitimos.

3.             Tomó la simple vara de pastor de Moisés y hizo abrirse las aguas del Mar Rojo (Éx. 14:16, 21).  Tomó la quijada de un asno y utilizó a Sansón para destruir a mil filisteos (Jue. 15:15).  Tomó el pequeño almuerzo de cinco panes y dos pececillos de un muchacho y dio a comer a cinco mil hombres, más las mujeres y los niños (Jn. 6:5-14).

4.             El mismo Dios que hizo todo esto es capaz de tomarnos a nosotros y utilizarnos con eficacia para dar fruto en su obra.  La utilidad y efectividad del servicio de uno depende de la obra de Dios a través de él y no de la obra de uno mismo.  Por lo tanto, no importa lo que seamos o lo que tengamos.  Lo que importa es nuestra sumisión a su control.  Recordemos:  “pues no es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos” (1 S. 14:6).

5.             Nosotros también podemos ser “ramas fructíferas”.

 

III.              AUNQUE ES DIOS QUIEN PRODUCE EL FRUTO ABUNDANTE, ÉL LO ACREDITARÁ A NUESTRA CUENTA.

A.            Como Jesús manifiesta en su tratado de la vid (Jn. 15:1-16), el fruto de los pámpanos depende de la vid.  Ilustra muy bien cómo el fruto en nuestras vidas depende de Dios.  Él está en nosotros obrando así el querer como el hacer por su buena voluntad.  Nosotros sólo “llevamos” el fruto que Dios produce en nosotros.  Así que, Dios debe recibir la gloria por las cosas buenas que suceden en nuestras vidas (Jn. 15:8; Mt. 5:16; Stg. 1:17, etc.)  

B.            Sin embargo, Dios acredita los buenos frutos que Él produce a nuestra cuenta.

1.             Pablo instruyó a los filipenses que deberían permitir que Dios obrara por medio de ellos.  Dijo que el fruto resultante abundaría “en vuestra cuenta” (Fil. 4:17). 

2.             Cada buena obra que permitimos que Dios obre es como “oro, plata, piedras preciosas” (1 Co. 3:12).  Es un “tesoro” que “ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mt. 6:20). 

C.            Así se ve que es una continuación de la obra por sustitución de Cristo en nosotros.

1.             Él tomó nuestro lugar en la cruz, llevando sobre sí nuestra condenación.  Así satisfizo las demandas de Dios contra nosotros.

2.             Ahora, realiza buenas obras por medio de nosotros y hace una sustitución de crédito, depositándolo a nuestra cuenta.

3.             Hermanos, lo que debemos aprender está claro.  En primer lugar, nos sometimos a Dios, por fe, cuando Él nos salvó de la pena del pecado.  Ahora debemos someter nuestras vidas a Él, por fe, a fin de que Él pueda realizar la segunda fase de su gran obra de sustitución en nosotros, o sea, Él viviendo y obrando por medio de nosotros.  Se trata de vivir por fe cada día (Ro. 1:17).  De esto habló el apóstol Pablo cuando dijo:  “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él” (Col. 2:6).

D.            Es bueno ser fructífero, y lo podemos ser.  Depende de la sumisión a Dios.  Si nos sometemos, Él nos llenará de buenos frutos.  Si no lo hacemos, entonces seremos estériles.

 

Lo que cree hace la diferencia