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RAZONES DE LO QUE
CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson
Propiedad literaria - Dr Lester Hutson
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“ANDAR POR FE, NO POR VISTA”
Ya hemos descubierto una verdad paradójica: tenemos la incapacidad de hacer buenas obras, pero la misma razón de ser del creyente es glorificar a Dios con buenas obras. Podría parecer que Dios pide lo imposible, pero no es así. Aunque por nuestra propia fuerza no podemos hacer obras que honren a Dios, mediante su Espíritu que mora en nosotros, sí que se producen obras satisfactorias para Él. Así que, llegamos a ser vasos especialmente equipados para hacer innumerables obras que agradan a Dios, no por nosotros mismos, sino por el poder de Dios que reside en nosotros.
Ahora cabe preguntar: “Si cada creyente está capacitado para hacer buenas obras ¿por qué no todos hacemos obras que honren a Dios?” Como veremos, aunque el Espíritu de Dios está con nosotros, muchos creyentes no permiten que Él opere en sus vidas. Sin la operación del Espíritu, la vida del creyente está sin obras que agradan a Dios. Dios desea que la vida del creyente sea controlada por la dirección y el poder de su Santo Espíritu.
I. PARA QUE EL ESPÍRITU SANTO, QUE VIVE EN CADA CREYENTE, PRODUZCA FRUTO, ES NECESARIO QUE EL CREYENTE SE SOMETA A ÉL.
A. La Palabra de Dios reitera la necesidad que tenemos de sujetar nuestra antigua naturaleza al Espíritu de Dios.
1. Col. 3:3-5: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida [es su vida, no una especial fuerza humana], se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros”. Es evidente que Dios desea dominar nuestras vidas por su Espíritu. Quiere que nos sometamos a Él.
2. Ro. 8:13: “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.” De nuevo, la exhortación es que demos el control de nuestras vidas al Espíritu.
3. El apóstol Pablo escribió: “y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:8). En cuanto a su propia voluntad carnal dijo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gá. 2:20).
4. Dios nos desafía a dejar de intentar hacer su obra por nosotros mismos. Desea que nos sometamos a Él para que pueda producir “así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Nos manda: “ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a dios como instrumentos de justicia” (Ro. 6:13).
5. 1 P. 4:1-2: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios.” Así otra vez vemos que la voluntad de Dios ha de ganar a la voluntad humana.
6. Ro. 12:1-2: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”
7. También se establece la necesidad de ceder a la voluntad de Dios en 2 Ti. 2:19-21: “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.”
B. Si el creyente vive conforme a la carne, el Espíritu de Dios, que vive en él, no podrá obrar. El resultado es una vida malgastada e inútil, sin honrar o glorificar a Dios.
1. Ro. 8:8: “y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.”
2. Jesús trató el mismo tema y dijo a sus discípulos: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn. 15:4). Entonces, añadió: “porque separados de mí nada podéis hacer” (v. 5). Está claro. El Espíritu de Dios está en el creyente, pero si éste no permanece en Él (sometido), entonces no puede producir cualquier cosa que tenga valor para Dios.
3. No importa lo impresionantes que parezcan las obras, las únicas que serán aceptadas en el día del juicio son las motivadas y realizadas por el Espíritu de Dios. Las demás serán como “madera, heno y hojarasca” (1 Co. 3:12, 15).
C. No permitir que el Espíritu de Dios controle la vida es permitir que domine la voluntad propia, lo cual constituye una ofensa grave a Dios.
1. Es muy sencillo. O uno controla su propia vida, u otro lo hará. Y Dios desea hacerlo, porque sabe que la vida controlada por voluntad propia no funciona (Jer. 10:23). Sólo Dios puede hacerlo con éxito (Job 23:10).
2. Dios desea obrar en nuestras vidas, produciendo así fruto por su gracia. Sin embargo, frustramos la gracia de Dios con nuestra voluntad endurecida, obstinada y egoísta (Gá. 2:21).
3. Como veremos en otro estudio, nuestra obstinación nos roba la productividad y frustra nuestra razón de ser. Cuando no cumplimos nuestro propósito, incitamos la ira de Dios, y el resultado es el castigo.
II. LA CLAVE DE SER ÚTIL PARA DIOS ES SOMETERNOS A ÉL.
A. El éxito no depende de riquezas, belleza o talento.
1. No depende de nuestra habilidad, sino de la de Dios.
2. Uno puede ser rico y dar mucho dinero a la obra de Dios, tener talento que impresione a todo el mundo, abundar en actos religiosos, y aun ser un fracaso para Dios. Si lo que uno hace es producto de la carne, en lugar de ser producto de Dios, entonces es vano para Él. No debe ser motivo de orgullo tener mucho talento, hacer muchas actividades cristianas, o dar mucho dinero. Si las obras no son producto de Dios, originadas en el cielo y no en uno mismo, entonces no valen nada.
3. “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6). Cuando aprendamos esta verdad, entonces podremos deshacernos del orgullo y de la vanagloria. Entonces sabremos que es Dios, y no nosotros, quien merece la gloria. Ya no alabaremos nuestros talentos y habilidades (que para Dios son como “trapo de inmundicia”, Is. 64:6), sino que alabaremos a Dios, quien vive y obra en nosotros. Así es fácil entender lo que Pablo quería decir con: “Mas el que se gloría, gloríese en el Señor” (2 Co. 10:17).
4. Jer. 9:23-24: “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.” El éxito no está en belleza, talentos, riquezas, etc., sino está en el Señor. El valor de uno depende de si Él controla la vida o no. Al igual que las ovejas, cabras, etc. llegaban a ser santos al tocar el altar, nosotros llegamos a ser santos y útiles para Dios al ceder nuestras vidas sobre el altar, que es Cristo (Mt. 23:19).
B. Ahora bien, sobre la base de lo que acabamos de ver, no hay ningún creyente que no tenga la posibilidad de ser valiosísimo para el Señor.
1. Uno puede ser feo, pobre y torpe (sin talentos) y ser importante en la estimación de Dios. La importancia de uno se establece al ceder el control a Dios. Así uno que es feo, pobre y torpe tiene tanta grandeza como el que es bello, rico y dotado. Incluso, el anterior es superior si está sometido a Dios y el otro no.
2. Algunos creyentes menosprecian el valor de lo que hacen, porque no es tanto en comparación con lo que hacen otros. Pero no debe ser así.
a. Dios tomó la vara de Moisés, que era una simple vara de pastor (Éx. 4:2-3), y la convirtió en una “vara de Dios” (Éx. 4:20). Así aquella vara llegó a ser poderosa para convertir el agua en sangre (Éx. 7:20), el polvo en piojos (Éx. 8:17), para partir el Mar Rojo (Éx. 14:16), entre muchas otras cosas.
b. Dios tomó la tinaja de harina de la viuda con un puñado de harina y dio de comer a ella, su hija y al profeta de Dios durante casi tres años (1 R. 17:12-16).
c. Dios tomó el almuerzo de un niño de “cinco panes de cebada y dos pececillos” y dio de comer a cinco mil hombres (Jn. 6:5-14).
3. El Dios que pudo hacer todo esto, también nos puede usar a nosotros. No importa lo humilde que uno sea. Lo que importa es la sumisión al Espíritu que vive en nosotros, permitiendo que Él domine, controle y opere en nosotros. Si uno se somete a Dios, puede ser tan útil como la persona más destacada y dotada que haya vivido.
C. Se trata del principio de confiar en Dios, dependiendo de su liderato y control, momento a momento, día a día.
1. Para ser salvo de la pena del pecado y nacer a la familia de Dios, creímos en Él (Jn. 3:16; 5:24; Hch. 16:31, Ef. 1:13, etc.) Esto es tener fe o confianza (Ef. 2:8).
2. Ahora, la Palabra de Dios nos dice: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él” (Col. 2:6). O sea, de la misma manera que creímos en Él para la salvación del espíritu, debemos confiar en Él a diario a fin de que Él dirija y controle nuestras vidas. No debemos confiar en que Él salve nuestro espíritu para luego volver a tomar el control de nuestras propias vidas. Al igual que le recibimos por fe, debemos andar por fe.
3. Es exactamente lo que las Escrituras nos manda. Ro. 1:17: “Mas el justo por la fe vivirá.” 2 Co. 5:7: “porque por fe andamos, no por vista”.
4. La misma gracia que hizo falta para salvarnos, hace falta para sostenernos. No tenemos más capacidad para gobernar nuestra vida ahora de la que teníamos antes para salvarla de la pena del pecado. Dios quiere la misma fe ahora que tuvimos entonces.
D. Cuando sometemos nuestras vidas al control de Dios, que vive en nosotros, Él realiza una continua obra de sustitución en nosotros.
1. Al igual que llegó a tomar nuestro lugar en la cruz, cada día Él toma nuestro lugar para realizar las obras que le honran.
2. Por ello Pablo dijo: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Cuando Cristo nos salvó, terminó una obra para empezar otra. Sólo era el comienzo de su obra diaria en la vida del creyente.
3. Así que, Pablo escribió: “he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Co. 15:10). Simplemente confesaba que era el Espíritu de Dios el que obraba en él. El principio que planteamos en este estudio obraba en él. Otra vez confesó: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento” (1 Co. 3:6-7).
4. He. 13:20-21: “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.” Recalquemos las palabras “haciendo él en vosotros”. Así es cómo funciona. Nos sometemos a Él; entonces Él toma el control y obra por medio de nosotros.
5. Así Pablo pudo confesar: “no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2 Co. 3:5).
6. Por lo tanto, debemos andar por fe y no por vista. Debemos ceder todo a Él. No debemos subestimar su poder para obrar en nosotros. Aunque no somos nada, Él producirá obras que le ensalzarán, le honrarán y le glorificarán. La clave está en someter nuestra voluntad a la suya. Debemos afirmar en nuestras oraciones: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42).
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