![]()
10250 North Freeway @ West Road
Houston, Texas 77037
Tel: (281) 447-8484
RAZONES DE LO QUE
CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson
Propiedad literaria - Dr Lester Hutson
Este material es propiedad literaria y se prohibe copiar o reproducir sin permiso expresado en escrito por el Dr. Lester Hutson
Para ordenar su copia de Razones de lo que Creemos,
vea la sección marcada Publicaciones
“CREADOS EN CRISTO JESÚS PARA BUENAS OBRAS”
Con este estudio introduzco una de las verdades más desconocidas, pero más grandes y preciosas de toda la Biblia. Los próximos cuatro estudios sólo serán una pequeña parte de la verdad a tratar. Es solamente una indicación de la gran cantidad de información que hay sobre la obra de Dios en el creyente en las páginas de la Palabra santa, inagotable e inmutable de Dios, que está a la espera de ser descubierta por el lector.
Cuando Dios nos coloca en su familia, su buena voluntad para nosotros es producir tanto “el querer como el hacer.” Según Ef. 2:8-10, nos salva de la pena del pecado por su gracia, aparte de las obras, y en esta nueva condición regenerada “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Somos “hechura” de Dios, especialmente “creados” para que Dios pueda obrar por medio de nosotros.
I. CONCENTÉMONOS AHORA EN LA OBRA QUE DIOS REALIZÓ COLOCÁNDONOS EN SU FAMILIA: LA NUEVA CREACIÓN EN CRISTO JESÚS.
A. Cuando Jesucristo se ofreció en la cruz, proveyó el medio para librar de la ruina y separación eternas de Dios.
1. Allí “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Ti. 2:6).
2. He. 9:12 dice: “por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.”
3. En la cruz, el Señor Jesucristo derramó su sangre y murió para la remisión de pecados (Ro. 3:25), y por medio de su sangre reconcilió a pecadores con Dios (Col. 1:20-22).
4. En la cruz, Jesucristo realizó una obra de sustitución por nosotros.
a. Jesús no era pecado, pero nosotros sí. Por el pecado estábamos en la infamia y condenación.
b. Pero en el calvario, Cristo Jesús llevó nuestra maldición y condenación sobre sí mismo, y sufrió nuestro castigo.
c. 1 P. 3:18 demuestra cómo Cristo realizó la sustitución: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos”.
d. También se ve en Ro. 5:8, que dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
e. 1 P. 2:24: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”.
B. Entonces, al creer en Cristo como Salvador, Dios realizó la obra de la regeneración en nuestros corazones por el valor de la sustitución de Cristo.
1. Al creer se realiza un nuevo o segundo nacimiento en nosotros, porque “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1 Jn. 5:1). Jesús denomina esta obra el nuevo nacimiento (Jn. 3:3, 7).
2. Jesús dijo que el nuevo nacimiento era ser “nacido del Espíritu” (Jn. 3:6). Pedro dijo: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 P. 1:23).
3. Al nacer de nuevo, Dios obró en nosotros su perdón (Hch. 5:31) e imputó la justicia de su amado Hijo en nosotros (Ro. 4:5-6).
C. Esta obra de regeneración, o nuevo nacimiento, es una obra completa que Dios ya ha realizado en nosotros. No es algo por hacer; ya está hecho.
1. Por ello la Palabra de Dios puede decir de nosotros en 1 Co. 6:11: “ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados”.
2. Por el valor de la obra que Dios ha efectuado en nosotros, Ro. 8:1 puede decir: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.
3. Jn. 5:24 afirma: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.”
4. Es maravilloso saber que por la obra de sustitución de Dios en la cruz, se eliminaron todas las acusaciones y la condenación de Dios contra nosotros y, por consiguiente, somos hechos perfectos ante Dios, ahora y para siempre. Por ello somos “aceptos en el Amado” (Ef. 1:6) y “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (v. 7).
II. CUANDO UNO CREE, DIOS LE DA SU SANTO ESPÍRITU, QUE VIVE EN EL CREYENTE.
A. Los inconversos no tienen al Espíritu Santo.
1. Jn. 14:17 dice: “el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce”.
2. Ro. 8:9: “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.”
3. Estas citas evidencian que sólo los que Dios ha salvado tienen el Espíritu Santo.
B. Pero, las Escrituras testifican que todos los redimidos tienen el Espíritu.
1. 1 Co. 6:19: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”
2. 1 Co. 3:16: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”
3. Ro. 8:11 habla del “Espíritu que mora en vosotros.” Y 2 Ti. 1:14 dice: “el Espíritu Santo que mora en nosotros.”
4. Jesús prometió a los creyentes que el Padre “os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Jn. 14:16).
5. Ahora bien, el Espíritu Santo mora en el creyente para realizar en él la voluntad y la obra del Dios Todopoderoso.
C. El creyente es incapaz de efectuar la voluntad y la obra de Dios con su propia fuerza.
1. Ro. 12:3: “Digo, pues, por la gracia que me es dad, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener...” A veces nos creemos más fuertes de lo que somos. Pensamos que por ser salvos ya podemos hacer la obra de Dios. Estamos convencidos de que le podemos hacer el favor de administrar su obra y realizar muchas cosas. Puede que lo intentemos, incluso impresionando a nosotros mismos y a otros, pero así no agradamos a Dios y así Él no aprueba nuestras obras.
2. Es cierto porque nuestro poder es insignificante e inútil ante los ojos de Dios.
a. Como el apóstol Pablo, tenemos que admitir “yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien” (Ro. 7:18).
b. Nuestra propia bondad es “como trapo de inmundicia” (Is. 64:6) en la opinión de Dios. El rey David escribió: “No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Sal. 14:3).
c. Jeremías dijo del poder humano, incluyendo el nuestro: “Conozco, oh Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jer. 10:23).
3. Así podemos empezar a entender lo que Jesús quería decir cuando dijo a sus discípulos: “porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5). Lo que hagamos por fuerza propia nunca tendrá ningún valor delante de Dios.
4. La equivocación de muchos es pensar que pueden hacer la obra de Dios. Piensan que mediante la emoción y el esfuerzo uno efectúa la obra de Dios. Sin embargo, aunque uno se sacrifique hasta la muerte no le aprovechará nada. Ante Dios somos débiles y vanos. Así que, lo que se origina en nosotros y lo que se produce por nosotros no tiene valor para Dios. El ser humano no puede sacar agua dulce de una roca amarga o buen fruto de un árbol malo (Mt. 7:18).
D. Pero, por el mero hecho de que seamos incapaces de hacer obras que agraden a Dios, no quiere decir que Dios no pueda obrar por medio nuestro.
1. Lejos esté de nosotros pensar que somos inútiles simplemente porque no tenemos la habilidad en nosotros mismos.
a. Un martillo tampoco tiene habilidad en sí, pero no se le puede considerar inútil. Asimismo, un violín, un lápiz o un tenedor.
b. No se puede hacer nada de valor espiritual por uno mismo, pero Dios puede tomar al creyente y utilizarlo para hacer cualquier obra que Él desee, por muy meticulosa, sublime y detallada que sea. Como siervo del Señor, Jonatán comprendió que “no es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos” (1 S. 14:6).
2. A pesar de una falta total de capacidad para servir y agradar a Dios, el propósito del creyente es hacer buenas obras (Ef. 2:10).
3. El punto que hay que comprender es que Dios no quiere que intentemos hacer obras por nuestra propia habilidad. En cambio, Dios quiere que nos entreguemos a Él para que Él pueda obrar por medio de nosotros.
III. POR ESO MISMO NOS DIO SU ESPÍRITU SANTO.
A. El Espíritu Santo habita en el creyente y está dispuesto a efectuar la obrar de Dios en él, logrando lo que el creyente es incapaz de hacer.
1. Aunque no poseemos la capacidad de agradar a Dios por naturaleza, Él nos ha equipado con el poder de su Espíritu Santo, capacitándonos así para todo lo que necesitamos hacer para la gloria de Dios. En palabras de Pablo, somos “hechura” suya (Ef. 2:10). Dios nos tomó, siendo nada, y nos hizo útiles por el Espíritu Santo, que vive en nosotros. Por la transformación que ocurrió en el nuevo nacimiento, los que no éramos nada llegamos a ser útiles con el propósito de honrar a Dios con nuestras buenas obras.
2. Es indudablemente por gracia que Dios tomó algo inútil, convirtiéndolo en un precioso instrumento de honra para Dios. Hay que darle la alabanza a Él por cualquier bien que proceda de aquel vaso.
B. El hecho de tener el Espíritu Santo, quien vive y opera en el creyente, cambia todo.
1. Hace posible lo que de otro modo sería imposible. Aunque “separado” de Él “no puedo hacer nada” (Jn. 15:5), ahora “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).
2. La vida de Cristo en nosotros, por la persona del Espíritu, “produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).
a. Primero, nos da el “querer” que deberíamos tener. El querer correcto no es natural al hombre, pero Dios lo puede dar a los que tienen el Espíritu Santo. Así pudo decir David: “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino” (Sal. 37:23).
b. Además, Dios obra “el hacer, por su buena voluntad”. Pablo dijo en una ocasión: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Ro. 7:18). Era cierto que no podía hacerlo en su carne, que era débil (Mt. 26:41). Sin embargo, afirmó: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro. 7:25). Dios podía obrar por medio de él lo que nunca hubiera logrado sin el Espíritu de Dios.
3. Este mismo apóstol Pablo que tuvo que admitir que en su carne no moraba el bien (Ro. 7:18), también pudo afirmar: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gá. 2:20). Dijo a los creyentes colosenses: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27).
4. El hijo de Dios es “hechura” de Dios y tiene el propósito de caminar en buenas obras. Antes de convertirse era incapaz de realizar obras que agradaran a Dios. Al creer en Cristo como Salvador personal se produce el nuevo nacimiento; entonces el Espíritu de Dios llega a morar en el creyente. Por el Espíritu cada creyente puede agradar a Dios con sus obras. Este poder o gracia en el creyente, mediante el cual servimos “a Dios agradándole con temor y reverencia” (He. 12:28), no es de nosotros. Es de Dios. Así no debemos enorgullecernos, sino debemos estimar a Aquél que vive en nosotros, porque es Él quien puede realizar por medio de nosotros obras preciosas y agradables.
5. Debemos recordar del texto, Ef. 2:8-10, que en el nuevo nacimiento Dios nos equipó para andar en buenas obras. Puede que no las estemos haciendo, pero Dios ya nos ha capacitado para ello. En esta serie de estudios veremos cómo uno puede ser de la máxima utilidad para hacer buenas obras, agradables a Dios, y ser también una bendición para otros.
Lo que cree hace la diferencia