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RAZONES DE LO QUE
CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson
Propiedad literaria - Dr Lester Hutson
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III. DIOS PROCURA QUEBRANTAR NUESTRA VOLUNTAD PROPIA, CON SUS PECADOS, ACTITUDES, CONVERSACIÓN Y CONDUCTA, PORQUE DESEA NUESTRA SUMISIÓN.
A. Sólo cuando se quebranta la voluntad pueden manifestarse el Espíritu de Dios y su poder que están en el creyente.
1. Al nacer de nuevo, el Espíritu de Dios llega a vivir en nosotros (1 Co. 3:16; Ro. 8:9). Entonces el poder de Dios empieza a actuar. De este poder habla Ef. 3:20, diciendo: “Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros.” Fil. 2:13 dice: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” Según 1 Ts. 4:8, Dios “nos dio su Espíritu Santo”, y por eso se puede afirmar: “mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Jn. 4:4). Además, podemos afirmar con Pablo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1:7).
2. Sin embargo, el poder de Dios que está en nosotros por su Espíritu (no se trata de un poder innato de la naturaleza humana) se puede obstaculizar mediante nuestra voluntad. De esta manera la carne, con sus inclinaciones, señorea sobra nuestra persona. Así Pablo señaló en 2 Co. 4:7: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”. El vaso de barro, la carne y su naturaleza, puede actuar como almud sobre una vela (Mt. 5:15). Puede, en efecto, apagar al Espíritu que hay en nosotros (1 Ts. 5:19).
3. Así que, Dios procura quebrantar la voluntad carnal para que su poder pueda obrar por medio de nosotros. Lo consigue por nuestra obediencia voluntaria y sumisión a su Palabra, o por presión que Él aplica para romper el dominio de la carne. Col. 3:5: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (también Ro. 9:13). Además de lo que nosotros hacemos, Dios obra de forma unilateral para moldearnos como Él quiere. Ro. 8:28 declara: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” Job también demuestra la presión que Dios aplica en Job 23:10: “Mas él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro.”
4. Jue. 7 es una excelente ilustración de cómo ha de romperse la parte exterior para dejar brillar la luz del interior. En esta ocasión Dios envió a su juez, Gedeón, con trescientos soldados (v. 7), a luchar contra un ejército de miles de madianitas y amalecitas (v. 1, 12). Gedeón y sus trescientos hombres iban armados sólo con trompetas y lámparas cubiertas por cántaros (v. 16). En el momento preciso, “tocaron las trompetas, y quebraron los cántaros que llevaban en sus manos” (v. 19). Entonces Dios cambió las cosas, el pueblo de Dios ganó una gran victoria y su libertad, venciendo a los miles de soldados enemigos. La luz de cada soldado sólo brillaba al romperse el cántaro que la cubría. Hoy es igual con el pueblo de Dios, sus soldados cristianos. Solamente cuando se rompe la voluntad externa y carnal, puede brillar la luz interior del Espíritu de Dios.
5. Comprender esta verdad ayuda a entender las dificultades y las adversidades del hijo de Dios. A menudo procuramos eliminar los residuos y las inclinaciones de la vieja carne, que impiden que la luz de Dios brille por medio de nosotros. El apóstol Pedro dijo: “En los cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6-7). Este mismo gran apóstol, que había experimentado personalmente lo que enseñaba, dijo: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado” (1 P. 4:12-14). El apóstol Pablo también escribió sobre el tema, diciendo: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad: Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:9-10).
6. Por lo tanto, podemos decir con el apóstol Pablo: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él” (He. 12:5). No desmayamos, porque sabemos “que nos es provechoso” (He. 12:10).
B. Nuestro Dios puede quebrantar nuestras voluntades rebeldes de muchas maneras, pero siempre es paciente y misericordioso hacia nosotros.
1. En cuanto a su paciencia y misericordia, Pedro declaró: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9). A veces el quebrantamiento por nuestra rebelión tarda en llegar y, en consecuencia, podemos llegar a ser apáticos e indiferentes. Incluso, podemos negar a nosotros mismos, a otros y a Dios que haya un problema.
2. Pero lo cierto es que Dios, a su tiempo y a su manera, siempre procede a quebrantar cualquier obstinación o rasgo de voluntad carnal en su pueblo. Como ya hemos indicado, una manera en que lo hace es por su Palabra. He. 12:5 hace referencia a la reprensión de Dios. Su Palabra habla al corazón (Hch. 7:54) y es más cortante que cualquier cuchillo. He. 4:12 declara: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” Es la palabra de verdad (1 Ts. 1:13). Job exclama: “¡Cuán eficaces son las palabras rectas!” (Job. 6:25).
3. Pero no todo el mundo responde cuando Dios emplea su Palabra para quebrantar la voluntad resistente y el corazón endurecido. Algunos necesitan algo más fuerte, y Dios puede emplear medidas más severas. He. 12, además de hablar de la reprensión, también menciona disciplina y azotes (v. 6). El rey David sería capaz de disertar durante horas sobre la forma en que Dios nos puede disciplinar. En Sal. 51:8 habló de “los huesos que has abatido”. En una ocasión endureció su corazón y permitió que dominara su carne (2 S. 11). Como consecuencia, Dios mató a su bebé (2 S. 12:14-15, 19), usó al propio hijo de David para expulsarlo del trono (2 S. 15:14), permitió que fuera violada su hija por sus hermanastros (2 S. 13:11-14), que fueran violadas diez de sus concubinas por su hijo (2 S. 16:21-22), que su comandante general apuñalara a su hijo predilecto en el corazón (2 S. 18:9-15), y muchas cosas más. Sin lugar a dudas, David sabía cómo Dios podía quebrantar la obstinación, la desobediencia y la rebeldía. Dios también quebrantó a José, Job, Simón Pedro, Daniel y los tres hebreos, y muchos otros para que su luz alumbrara más. Utilizó hambre, ruina económica, naciones opresoras, traición por amigos íntimos, enfermedad, sufrimiento, persecución, entre otras cosas. Para Jonás Dios preparó un gran pez, una tormenta, una calabacera y un gusano para conseguir su sumisión. Lo cierto es que Dios tiene innumerables formas para deshacer la obstinación, orgullo, indiferencia, avaricia, odio y cualquier pecado. Puede usar enfermedades (en nosotros u otros), dinero, accidentes, naciones extranjeras, enemigos hostiles y un sinfín de otras experiencias humillantes para conseguir su fin.
4. Desea arrepentimiento y restitución. Ro. 2:4 dice: “su benignidad te guía al arrepentimiento”. Éx. 22:1-13 es un pasaje excelente sobre la restitución; y para que nadie pensara que sólo era para los del Antiguo Testamento, Jesús reafirmó el principio con Zaqueo en Lc. 19:1-8.
C. Si insistimos en endurecer nuestra voluntad y rechazar ser quebrantados por Dios, eventualmente Él nos desecha.
1. El apóstol Pablo dijo: “sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9:27). Sin quebrantamiento, uno es inútil para Dios. Por lo tanto, si persiste en ello, Dios desecha a éste en favor de uno que le sea útil. Incluso puede enviarle a la tumba prematuramente, como sugiere estos pasajes: Ec. 7:17; Sal. 118:18 y 1 Jn. 5:16. También puede incapacitarle mediante enfermedad o deshonra.
2. En los tiempos bíblicos, la casa del alfarero era un negocio común. El alfarero cogía tierra (normalmente arcilla) y utilizaba su rueda, horno y otro equipamiento para formar recipientes de barro: ollas, platos, fuentes, etc. Mientras la arcilla estuviera húmeda y blanda podía trabajarla, moldeándola según su deseo. Si veía algún fallo en lo que trabajaba, simplemente volvía a ponerlo en la rueda para rehacerlo, y así tantas veces como hiciera falta. De esta manera podía aplicar presión a la zona defectuosa. Sin embargo, cuando la arcilla se secaba, endureciéndose, ya no podía reformar la pieza. Si había una tara en el recipiente moldeado, tenía que tirarlo al vertedero, llamado “campo del alfarero”. Job se rasgó con un desecho de alfarero en Job 2:8 (“tiesto”). Cuando Judas Iscariote devolvió el dinero por la traición, “el precio de sangre”, a los principales sacerdotes, éstos lo usaron para comprar un campo de alfarero (Mt. 27:3-10). Este lugar representaba fracaso: lo que no daba la talla. Judas hizo que llegara a representar deshonra.
Hay una analogía evidente entre el alfarero y el creyente. Dios es el alfarero y el creyente es la arcilla. Si el creyente no permanece blando y moldeable para que Dios pueda deshacerle y rehacerle según su voluntad, puede que acabe en el campo del alfarero roto e inútil, siendo una deshonra para uno mismo y para Dios. Así Dios nos enseña por medio de su profeta Jeremías (Jer. 18:1-6). ¡Qué no lleguemos a endurecernos tanto que terminemos en el vertedero del alfarero! Hay que tener presente que a Dios le agrada el espíritu quebrantado. Sólo tendrá regocijo en nosotros si le permitimos deshacernos y rehacernos hasta que seamos lo que Él quiere.Lo que cree hace la diferencia