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RAZONES DE LO QUE
CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson
Propiedad literaria - Dr Lester Hutson
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En la iglesia local existen innumerables pecados y ofensas entre creyentes. 1 Jn. 1:8 afirma: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.” La gracia de Dios es suficiente para perdonar (Is. 1:18) y, en efecto, perdona a los que confiesan sus pecados (1 Jn. 1:9). No obstante, a veces no hay arrepentimiento y confesión. Ocurren pecados y ofensas, que luego se racionalizan y se justifican, poniéndose el ofensor a la defensiva. Esta clase de comportamiento es el motivo por el que el mundo dice que somos hipócritas. Dicha conducta es un gran impedimento para la iglesia y la obra de Dios en general.
Aunque la iglesia no es un tribunal donde se juzgan todos los pecados y ofensas de los miembros, hay una obligación delante de Dios de juzgar casos especiales. Esta jurisdicción de la iglesia en áreas concretas se llama disciplina eclesial. Cuando la iglesia sigue el procedimiento bíblico en estos casos, ejerce disciplina bíblica. Éste es el tema que veremos expuesto a continuación.
I. LA IGLESIA DEL SEÑOR TIENE UNA OBLIGACIÓN ANTE ÉL DE MANTENERSE PURA.
A. En primer lugar, cada miembro en la congregación local debe mantenerse puro.
1. El apóstol Santiago escribió: “Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Stg. 4:8).
2. 2 Ti. 2:19-22 es una exhortación bíblica a mantener pureza entre los miembros de la iglesia. Dice: “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra. Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor.”
B. En segundo lugar, los maestros y el pastor de la iglesia deben enseñar la Palabra, que puede eliminar males y producir mejoría.
1. El mandato divino al pastor es: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:1-2).
2. Según este mismo libro, la palabra que se ha de predicar produce mejoras. Condena el pecado, reclama la conducta limpia y muestra el camino que honra a Dios. 2 Ti. 3:15-17: “y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.”
3. Por lo tanto, Pablo escribió al predicador diciendo: “Si esto enseñas a los hermanos, serás buen ministro de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido” (1 Ti. 4:6).
C. En cuanto a la iglesia como colectivo, la Biblia insiste en que se mantenga pura y que se juzgue a sí misma.
1. El apóstol Pedro dijo: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios “(1 P. 4:17). Según 1 Ti. 3:15, “la casa de Dios” es la iglesia. Algunas personas afirman que la iglesia no tiene derecho de meterse en la vida personal de sus miembros. Normalmente es así, pero cuando la vida privada de un miembro llega a ser una deshonra pública para la iglesia, entonces ésta tiene la obligación de juzgar el asunto y desasociarse de la persona que vive en pecado público sin arrepentimiento.
2. Al dirigirse a la iglesia de Corinto colectivamente, en referencia a un miembro suyo que vivía abiertamente en inmoralidad, Pablo dijo: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois” (1 Co. 5:7). Más adelante en el mismo tratado, dijo: “Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” (1 Co. 5:12-13).
3. También 2 Ts. 3:6 dice: “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros.”
4. A veces la iglesia no tiene más alternativa que la disciplina de un miembro. Si la conducta del miembro llega a ser un escándalo público que afrenta contra la reputación de la iglesia, entonces ésta tiene que recurrir a la disciplina para librarse de la deshonra. Como veremos más adelante, la iglesia no debe disciplinar por cualquier pecado, sino por unos pecados específicos. En cuanto a éstos, la iglesia no tiene opción; debe disciplinar al miembro culpable.
5. Si la iglesia no juzga estos casos, entonces Dios juzga a la iglesia. 1 Co. 11:31 dice: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados”.
D. Se ve especialmente la necesidad que tiene la iglesia de juzgarse a sí misma en la cena del Señor.
1. Parece que 1 Co. 5 hace referencia a la cena del Señor en relación con la disciplina. En el v. 11 se enumeran varios motivos para la disciplina eclesial. Entonces, Pablo les dice referente al ofensor de estos pecados: “con el tal ni aun comáis”. La única comida que la iglesia toma en adoración colectiva es la cena del Señor (1 Co. 11:33-34), por lo tanto, debe estar refiriéndose a ella.
2. Parece indicar que la iglesia no debe observar la cena del Señor con un miembro que no se arrepiente de su culpabilidad de estos flagrantes pecados públicos. Además, 1 Co. 11:31 está en medio de un tratado de la cena del Señor. Lo cierto es que la iglesia debe librarse de miembros que persisten en ciertos pecados.
E. En realidad, la iglesia es de Dios y su reputación es afectada por lo que hace la iglesia.
1. Col. 1:24 afirma que “su cuerpo, que es la iglesia”. Cristo es cabeza de la iglesia (Ef. 5:23); le pertenece y Él puede gobernarla como quiere.
2. Pecados que constituyen un oprobio público a su cuerpo, la iglesia, no se pueden ignorar. Hacerlo daría a entender al mundo que Dios y su iglesia aprueban dichas acciones.
II. LOS PECADOS QUE LA IGLESIA DEBE JUZGAR PÚBLICAMENTE SE ESPECIFICAN EN LAS ESCRITURAS.
A. Es nuestra creencia que la disciplina pública o expulsión se limita a seis pecados.
1. 1 Co. 5:11 los enumera. Cada uno es un grave pecado público, que involucra a otros, o por participación u observación.
a. El primer pecador que merece la expulsión es el fornicario. Se trata de uno que tiene relaciones sexuales fuera del matrimonio.
b. El segundo es el avaro. Es uno que desea intensa y apasionadamente lo que no debe, especialmente lo que pertenece a otro.
c. El tercero es el idólatra. Es uno que tiene ideas depravadas, representadas por ídolos que sustituyen a Dios.
d. El cuarto es el maldiciente. La palabra griega es “loidoros”. Se refiere a una persona injuriosa, que emplea palabras groseras, crueles y agrias. La definición incluye la característica de abusar, difamar y herir los sentimientos de otros. Merece destacar el hecho de que ésta es la única ofensa que aparece en otros pasajes bíblicos en relación con la expulsión de la iglesia. Ro. 16:17 dice de esta clase de persona: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos.” 1 Ti. 6:3-5 habla del maldiciente y lo que la iglesia debe hacer con él. “Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, disputas necias de hombre corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales.” También 1 Ts. 3 habla del maldiciente. “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros” (v. 6). “Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno” (v. 11). “Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence” (v. 14). Lo que la Palabra de Dios enseña es que la iglesia no puede tolerar a un miembro que intente dividirla. Dios manda que la iglesia se separe del que critica al pastor, a los colaboradores, o a otro miembro de la iglesia. Por el énfasis bíblico, la calumnia (lo que hace el maldiciente) es una de las peores ofensas contra la iglesia.
e. El quinto es el borracho. Se trata de uno enviciado al alcohol. Por malo que sea beber cualquier cantidad, sólo se puede expulsar de la iglesia por embriaguez.
f. El sexto es el ladrón. Se refiere simplemente a uno que comete pillaje, extorsión o robo.
2. Cada una de estas seis ofensas va diametralmente contra la ética cristiana. El culpable de una de ellas está en flagrante pecado público. El pasaje comienza con el tema de la fornicación y, a continuación, nombra los otros cinco motivos de disciplina. En cuanto al fornicario (al igual que los otros cinco) Pablo dijo a la iglesia: “el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (v. 5). Enfatizando la misma necesidad de expulsión, dijo: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois” (v. 7). Entonces añadió: “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios” (v. 9). Volvió a afirmar lo mismo en el v. 11, recalcando al final: “con el tal ni aun comáis.” Concluyó el capítulo con: “Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” (v. 13). Así que, es obvio que Dios quiere que la iglesia se juzgue a sí misma, expulsando a los culpables de estos pecados, si no se arrepienten.
B. Antes de aplicar la disciplina eclesial al culpable de uno de estos seis pecados, siempre hay que seguir el método de Dios para resolver ofensas. Dichas acciones constituyen ofensas contra la iglesia, y el procedimiento para resolver ofensas está expuesto en Mt. 18.
1. Para iniciar el proceso, alguien con alguna prueba de la culpabilidad ha de procurar, con espíritu de mansedumbre, la restauración del culpable (Mt. 18:15; Gá. 6:1).
2. Si el culpable no se arrepiente después del primer intento, la persona con prueba de la culpabilidad ha de repetir el proceso en compañía de una o dos personas más (Mt. 18:16).
3. Si el segundo intento fracasa, el asunto se lleva a la iglesia entera para que ella lo juzgue (Mt. 18:17).
4. En este procedimiento es importante que prevalezcan la mansedumbre, misericordia y paciencia a fin de que haya restauración. 1 Ts. 5:14: “También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos.”
C. Para el expulsado, la disciplina eclesial indica castigo que puede culminar en muerte física.
1. He. 12:11 declara: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.”
2. He. 10:30-31: “Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!”
3. 1 Co. 5:5 indica que la disciplina por la iglesia es en realidad entregar al culpable de uno de estos pecados “a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.”
III. LA EXPULSIÓN SIGNIFICA QUE LA IGLESIA CESA LA COMUNIÓN CON EL OFENSOR, PERO QUE PERMANECE DISPUESTA A RESTAURARLO.
A. La iglesia no puede tener comunión con el ofensor mientras no se arrepienta.
1. Mt. 18:17 dice: “tenle por gentil y publicano.”
2. 1 Ti. 6:5 dice: “apártate de los tales.” Ro. 16:17 dice: “que os apartéis de ellos.” 2 Ts. 3:6 dice: “que os apartéis” de los tales; y, el v. 14 dice: “señaladlo, y no os juntéis con él”.
3. Además, 1 Co. 5 enseña que no se debe tener comunión o tomar la cena del Señor con los tales.
4. Pero, a pesar de la ruptura de comunión, debemos siempre estar dispuestos a la reconciliación. 2 Ts. 3:14-15: “Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. Mas no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano.” Así es como Dios nos trata a nosotros. Pecamos y, como consecuencia, se rompe la comunión (Is. 59:1-2). Pero somos restaurados a la comunión con Dios en cuanto nos arrepentimos, llegando a Él con confesión. La iglesia debe tratar a los expulsados del mismo modo.
B. Cuando el expulsado se arrepiente y pide perdón a la iglesia, ésta no puede hacer otra cosa que perdonar y restaurarlo a la plena comunión con la iglesia.
1. Mt. 18:21-22 es el pasaje más claro sobre este punto. “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.”
2. Ef. 4:32 enseña exactamente la misma verdad: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”
3. Pablo escribió a los corintios diciendo que expulsaran al fornicario de su comunión (1 Co. 5). Después de arrepentirse, Pablo volvió a escribirles para que lo restauraran a la plena comunión con la iglesia. 2 Co. 2:6-8: “Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza.” Pablo indicó que si no hacían conforme a esta instrucción, Satanás podría ganar “ventaja” de ellos (2 Co. 2:11). Es lo que ocurre cuando la iglesia no es perdonadora.
4. En ciertos casos la iglesia ha de disciplinar a los ofensores, pero, después de arrepentirse, debe perdonarlos.
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