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RAZONES DE LO QUE CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson

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EL MÉTODO DIVINO PARA RESOLVER OFENSAS

Mt. 18:1-35

 

          Estoy muy convencido de que practicar la verdad de este estudio haría más que cualquier otra cosa para fomentar comunión y armonía entre el pueblo de Dios.  Muchos de nosotros, los pastores, diáconos, maestros y los creyentes en general, hemos fracasado de forma deplorable en esta área.

          Esta verdad es especialmente aplicable para la familia de Dios, o sea, los que son salvos.  Su práctica es muy beneficiosa en el hogar cristiano y también entre los miembros de la iglesia local.  Aunque la verdad es para creyentes, los no creyentes también se benefician hasta cierto punto cuando la practican.

 

I.                    HOY LA FAMILIA DE DIOS ESTÁ ASFIXIADA POR MUCHAS OFENSAS SIN RESOLVER.

A.            En pocas palabras, una ofensa es algo que causa daño, resentimiento o enfado.

1.             En su diccionario griego del Nuevo Testamento, Strong explica que “ofensa” proviene de “skandalon”, lo cual quiere decir en sentido figurativo “causa de desagrado o pecado” [en sentido literal es “lazo”].  Además, significa “motivo de caída, ofensa, lo que ofende, piedra de tropiezo”.

2.             Todos hemos sido heridos por la ofensa.  En Mt. 18:7, Jesús dijo:  “¡Ay del mundo por los tropiezos! Porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!”  Aquí se traduce “tropiezo”.  Ahora bien, las ofensas pueden tomar diversas formas.  Se hace algún comentario de nosotros, de alguna posesión nuestra, de un amigo o de un familiar.  Alguien no está de acuerdo con nosotros, o hace algo contra nosotros, o contra alguien o algo querido.  Los hijos son ofendidos por los padres, los casados por su pareja, los miembros de la iglesia por el pastor o por otro miembro, e incluso iglesias por otras iglesias.  Las ofensas pueden ser promesas incumplidas, acciones desaprobadas, actitudes orgullosas, palabras crueles, la ira, el rechazo, y miles de más cosas.

3.             La mayor parte del pueblo de Dios guarda una gran colección de ofensas en su corazón.  Si se realiza una reflexión sincera, uno puede recordar muchas veces que a lo largo de los años ha sido ofendido.  Normalmente se trata de ofensas sin resolver.  De hecho, por regla general, no se intentan resolver y si se hace es con poco esfuerzo y sin seguir las instrucciones bíblicas.

4.             El resultado de estas ofensas sin resolver es resentimiento, odio y amargura dentro del creyente y conflictos, divisiones y represalias entre creyentes e incluso iglesias.  Estas cosas impiden, limitan y perjudican de forma pronunciada la causa de Cristo.  He. 12:15 advierte:  “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”. 

B.             En primer lugar, el pueblo de Dios debería intentar evitar las ofensas.

1.             Según lo que Jesús advierte en Mt. 18:7, sabemos que es imposible evitar todas las ofensas.  Sin embargo, debemos intentar que sean las mínimas posibles.

2.             En cuanto a ofender a otros, sí que podemos reducirlas.  El mandamiento de Dios es:  “No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios” (1 Co. 10:32).  Todos podemos mejorar notablemente en este sentido.  Las ofensas perjudican la causa de Cristo.  Por ello, 2 Co. 6:3 dice:  “No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado”.  En cuanto a ofender a un hermano, Jesús advirtió:  “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mt. 18:6).  El apóstol Santiago escribió:  “Porque todos ofendemos muchas veces.  Si alguno no ofende en palabra, ése es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo” (Stg. 3:2). 

3.             Aunque podemos ofender sin saberlo y sin quererlo, podemos evitar ser ofendidos.  La promesa de Dios en Sal. 119:165 es:  “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo.”  La clave del éxito ante ofensas es entregar los derechos personales a Dios, mirando a Él y no al mundo como proveedor de las necesidades de uno.

C.            La respuesta de la mayoría de los creyentes empeora la situación y aumenta la cantidad de ofensas, con todos sus efectos perjudiciales.

1.             El propósito principal de este estudio no es cómo evitar las ofensas, sino cómo resolverlas después de producirse.

2.             Es trágico que lo normal para el creyente es emplear cualquier método menos el de Dios.

a.              Como veremos en seguida, el método divino es ir directamente, con actitud correcta, a la persona que ha ofendido procurando una reconciliación pacífica.

b.             Es demasiado frecuente entre creyentes ir a cualquier otra persona  relatando la ofensa.  Comentamos la ofensa (y a veces comentamos también sobre el que ha ofendido, incluyendo sus motivos) con amigos, con familiares, con otros creyentes, con el pastor, con compañeros de trabajo y otras personas.  Lo hacemos así a pesar del consejo de Dios.  “Trata tu causa con tu compañero, y no descubras el secreto a otro, no sea que te deshonre el que lo oyere, y tu infamia no pueda repararse” (Pr. 25:9-10).

c.              Podemos extender la ofensa a otros sin querer hacer mal.  Por ejemplo, la llevamos a nuestros hermanos en Cristo, llamándolo una petición de oración o consejo.

d.             El resultado de proceder así es que involucramos a personas ajenas al asunto.  La información se cuenta, se forman opiniones, surgen malentendidos, se involucran personas que no entienden bien el asunto, se producen resentimientos, causando cada vez más confusión y perjuicio.

e.              Este método de tratar ofensas puede dividir familias, romper buenas relaciones y fraccionar iglesias.  Pr. 16:28 advierte:  “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.”

3.             Otra reacción perjudicial a las ofensas es ignorarlas.  Este método las deja sin resolver.  Las ofensas deben resolverse, no encubrirse.  Las ofensas sin resolver tienden a constituir obstáculos importantes en la vida.  Uno puede hartarse de ellas y llegar a amargarse.  Frecuentemente se amontonan, una sobre la otra, hasta llegar a ser demasiado para poderlas sobrellevar.  Entonces, destruyen matrimonios, amistades, iglesias y otras buenas relaciones.

 

II.                 LA PALABRA DE DIOS, LA BIBLIA, PRESENTA UN MÉTODO ESPECÍFICO PARA RESOLVER OFENSAS.

A.            La clave del método se establece en Mt. 18:15-17.

1.             Manda que el hermano ofendido vaya al ofensor.

a.              En primer lugar, esta verdad de Dios es principalmente para creyentes.  El versículo menciona “tu hermano”, y la hermandad en Cristo consiste exclusivamente en creyentes (Gá. 3:26).  Aunque los incrédulos podrían beneficiarse hasta cierto punto de este método, no es para ellos.  Los creyentes deben emplearlo, especialmente con otros creyentes.  Gá. 6:10:  “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.”

b.             El tema de este pasaje es el de las ofensas.  El pasaje habla de cuando tu hermano “peca contra ti”.  “Pecar” viene del verbo griego “hamartano”, que se emplea en el subjuntivo del aoristo.  Combina el pasado con el presente.  La idea es que una ofensa pasada continúa activa en el presente.

c.              Cuando esto ocurre, debemos ir al hermano con el deseo sincero de resolver el pecado u ofensa.   No debemos esperar que la persona ofensora venga a pedir disculpas (la actitud más corriente), ni debemos limitarnos a orar por él (Mt. 5:44; 1 S. 12:23).  O sea, la única acción no debe ser orar.  Tenemos que ir (el v. 15 dice “ve”, que es un mandato).  Como creyente, no existe otra alternativa para resolver ofensas.  Dios nos manda hacer todo lo posible por solucionar el problema.  Gá. 6:1:  “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.”  Stg. 5:19-20:  “Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.”

2.             El primer intento de resolver una ofensa debe hacerse exclusivamente entre el ofendido y el ofensor. 

a.              Mt. 18:15 dice claramente:  “ve y repréndele estando tú y él solos”.  Es imposible decirlo más claro.  No hay que ir a su pareja.  No hay que llevar la ofensa a un amigo, ni a la iglesia, ni al pastor, ni a los diáconos.  ¡No!  Hay que ir a la persona que ha ofendido.  Pr. 25:9:  “Trata tu causa con tu compañero, y no descubras el secreto a otro”.

b.             Es asombroso como muchas veces el asunto se esclarece, sin afectar a otros, cuando uno va con una actitud correcta directamente al ofensor.  Cuando se trata el asunto directamente es más fácil atenerse a los hechos concretos.  Así, se evitan malentendidos y falsos testimonios.

c.              Al ir al ofensor, debemos “reprenderle”, haciendo constar claramente la ofensa.  No es fácil, pero es el método divino.  Gá. 6:1 especifica la manera en que debemos reprenderle.  Se ha de hacer “con espíritu de mansedumbre”.  No se debe proceder con ira, orgullo, superioridad...  El fracaso está asegurado cuando se hace sin “espíritu de mansedumbre”.  Muchos somos expertos en decir a otros sus faltas, pero desconocemos el espíritu de reconciliación o mansedumbre.

d.             Si el hermano acepta el intento de reconciliación, entonces se salva la relación y puede resultar en una comunión preciosa.  Sal. 133:1-3:  “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!  Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna.”

3.             Si el ofensor no acepta el primer intento, entonces se ha de repetir el proceso ante dos o tres testigos.

a.              No debemos cesar cuando encontramos rechazo o resistencia.  Hay que continuar.  El v. 16 dice:  “toma aún contigo a uno o dos” (el ofendido más uno o dos es igual a “dos o tres testigos”). 

b.             Indudablemente los testigos también deben ir con el mismo “espíritu de mansedumbre” (Gá. 6:1).  Además, deben ir con el propósito de restaurar, no condenar.  Por lo tanto, es necesario emplear mucha precaución en la selección de testigos para acompañar en el segundo intento de resolver la ofensa.  No deben agrandar el conflicto, sino reforzar el intento de reconciliación.

4.             Si los dos primeros intentos fracasan, hay que llevar el asunto a la iglesia.

a.              De nuevo el propósito es la reconciliación, no para que la iglesia lo condene, critique o trate mal.  La iglesia debería orar por él y razonar con él  para que se arrepienta.  La esperanza debe ser que al ver la actitud colectiva de la iglesia contra la ofensa, el ofensor se humille en arrepentimiento.  Sólo entonces Dios le concederá su gracia, porque “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 P. 5:5).

b.             Si el ofensor rechaza este procedimiento de la iglesia, entonces debe ser tratado como “gentil y publicano”.  Esto está relacionado con la disciplina eclesial que se trata en otro capítulo de este libro.  Basta decir que se debe hacer con amor y con la esperanza de que con el tiempo la persona se arrepienta.  Y tan pronto lo haga, será restaurada a la plena comunión con la iglesia (2 Co. 2:6-8, 11).  Dicha acción eclesial es para ejercer una presión continuada sobre el ofensor a fin de que se arrepienta ante Dios, y para testimoniar a los demás que no deben comportarse de la misma manera que el ofensor (1 Ti. 5:20).

B.            Cabe enfatizar de nuevo que se ha de proceder siempre con una actitud correcta.

1.             Todo el capítulo 18 de Mateo trata el tema de ofensas y el perdón por ellas.

a.              Los v. 1-5 hablan del orgullo entre los discípulos del Señor.  Querían saber quién sería el más destacado en el reino de los cielos.

b.             Los v. 6-9 constituyen una advertencia seria sobre las ofensas, especialmente a los ofensores.

c.              Los v. 10-14 enseñan que la restauración del ofensor ha de hacerse con amor.  Es el amor lo que mueve al pastor en busca de la oveja perdida, y fue amor lo que impulsó a Jesús a morir por nosotros (Jn. 3:16).  Debemos amarnos los unos a los otros (1 P. 1:22), y es por amor que debemos procurar la restauración del hermano que ha ofendido.

d.             Entonces en los v. 15-17 encontramos el método de Dios para resolver las ofensas.

e.              Los v. 18-20 hablan de la iglesia del Señor, el lugar donde se ha de emplear este método.

f.               Los v. 21-22 demuestran que no debemos poner límite a las veces que estamos dispuestos a seguir este procedimiento.

g.              Después, los v. 23-35 son una parábola sobre el verdadero perdón.  Lo que salta a la vista es que nuestro perdón al ofensor debe ser auténtico, y si no perdonamos a los que nos ofenden no podemos esperar el perdón por nuestras ofensas contra otros.

2.             Una verdad intrínseca en este proceso de reconciliación merece nuestra atención.  Hemos de corregir nuestras propias faltas antes de pedir que otro corrija las suyas.

a.              Jesús enseñó esta verdad en Mt. 7:3-5.  Enfatizó la necesidad de tratar los problemas en la vida de uno mismo antes de dedicarse a hacerlo en la vida de los demás.

b.             ¿Cómo pretendemos resolver las ofensas de otro cuando tenemos culpa sin resolver en la misma ofensa?                                             

3.             Es una obvia conclusión que hacer caso al método de Dios para resolver ofensas sería una bendición tremenda para la causa de Cristo.  Cesarían conflictos y divisiones.  Hogares e iglesias estarían unidos en dulce comunión y estarían fortalecidos.  Se vencerían amarguras y resentimientos.  El mundo vería verdadero amor y unidad en el pueblo de Dios.  ¡Qué bien nos iría!  Que Dios nos convenza, por medio de su Palabra, para que aprendamos y practiquemos este método divino para resolver ofensas.

 

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