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RAZONES DE LO QUE
CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson
Propiedad literaria - Dr Lester Hutson
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El relato de este sacerdote asalariado se encuentra en Jue. 17-18, empezando en 17:1. Se trata de un hombre de Efraín, llamado Micaía, y su madre. Juntos hicieron una imagen de talla y una de fundición. Como se sabe, esto estaba prohibido por Dios, quien había dicho: “No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra” (Éx. 20:3-4). Además, Micaía, sin ser levita, hizo “efod y terafines, y consagró a uno de sus hijos para que fuera su sacerdote” (17:5). El mismo versículo afirma que “Micaía tuvo casa de dioses”.
Un día pasó por el monte de Efraín un joven levita. Micaía, al enterarse de que era levita, le dijo: “Quédate en mi casa, y serás para mí padre y sacerdote; y yo te daré diez siclos de plata por año, vestidos y comida” (17:10). El resto del capítulo 17 continúa: “Y el levita se quedó. Agradó, pues, al levita morar con aquel hombre, y fue para él como uno de sus hijos. Y Micaía consagró al levita, y aquel joven le servía de sacerdote, y permaneció en casa de Micaía. Y Micaía dijo: Ahora sé que Jehová me prosperará, porque tengo un levita por sacerdote” (17:10-13). ¡Qué hombre más pervertido y ciego que este Micaía! Como muchas personas de hoy en día, mezclaba un poco de ortodoxia con su error y continuaba en su religiosidad farisaica como si todo estuviera bien. Le agradó tener, por conveniencia, a un levita, porque sólo los levitas podían ser sacerdotes. Pero esto lo hacía sin convicción alguna, porque cuando no había levita simplemente puso a su propio hijo efrainita como sacerdote. Además de tener un efod, tenía su casa llena de falsos dioses de oro. Se obstinaba en tener una religión sin importar el precio. Si era conveniente tener una religión correcta, pues bien; pero si no, la tendría de cualquier manera. No le importaba demasiado que fuera correcta o no.
Micaía pensaba que Dios le bendeciría por tener un sacerdote levita. Parece que no se le ocurría que su sacerdote era asalariado. Tampoco le preocupaba el hecho de tener dioses falsos, artículos sacerdotales falsificados y una casa de adoración prohibida. La realidad es que Dios no le bendijo ni le protegió por tener un sacerdote levita. El cp. 18 relata la llegada de una banda de guerreros de la tribu de Dan. Decidieron, al ver al levita, que lo llevarían para que fuera su sacerdote. Estos hombres de Dan no eran mejores que el mismo Micaía, el efrainita; porque debían estar sirviendo, en espíritu y en verdad, en Silo, donde ejercían los verdaderos sacerdotes. Tomaron al levita renegado, razonando que sería mejor que sirviera a toda la tribu de Dan que servir sólo a la familia de Micaía (18:19), y el levita se alegró por ello (18:20). Es un ejemplo claro de quién ofrece más lo consigue, como en una subasta. Ahora bien, Micaía, por la superioridad de la tribu de Dan, no podía hacer nada para evitar la pérdida del sacerdote asalariado (18:22-26).
En este relato hay una verdadera lección para nosotros. Aunque hay diferencias destacadas entre la relación del sacerdote con el pueblo del Antiguo Testamento y el pastor con la iglesia del Nuevo, también hay ciertas semejanzas. Primero, está claro que no hay ninguna jerarquía sacerdotal sobre el pueblo de Dios para nuestro tiempo; cada creyente es un sacerdote. Ap. 1:5-6 dice que Cristo “nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre”. Ap. 5:9-10 dice de Cristo: “con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.” Ap. 20:6 dice: “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.” El sacerdocio del creyente es un hecho bíblico innegable. No sólo el pastor y sus colaboradores; sino los diáconos, los maestros de la escuela dominical, los cantantes del coro y cada miembro de la iglesia que es renacido del Espíritu es un sacerdote. Ningún miembro tiene que acudir al pastor o a uno de sus colaboradores para confesarse u ofrecer sacrificios. Los miembros de la iglesia deben ir directamente a Jesucristo, nuestro sumo sacerdote (He. 8:1; He. 14-16). Ellos son sacerdotes y Él es el sumo sacerdote.
Sin embargo, del mismo modo que había una diferencia entre los sacerdotes del Antiguo Testamento y el pueblo al que servían, hay una diferencia entre el pastor y sus colaboradores y los demás miembros de la iglesia. De hecho, en ciertos aspectos la relación entre sacerdote y pueblo tipificaba la relación entre pastor e iglesia. Al igual que el sacerdote del Antiguo Testamento no debía ser asalariado, tampoco debe serlo el pastor del Nuevo. En el Antiguo Testamento era una abominación pensar que el sacerdote les pertenecía y, asimismo, hoy es una abominación que la iglesia piense que el pastor y sus colaboradores les pertenece, haciendo que éstos hagan el trabajo de la iglesia.
I. EL PRIMER PROBLEMA ESTÁ EN QUE HABÍA UN SACERDOTE ASALARIADO.
A. El levita no era más que un mercenario voluble.
1. Jue. 17:8 muestra que este joven estaba buscando un empleo. Parece que no le importó demasiado que tuviera que ir a una casa de imágenes de fundición (dioses falsos) para conseguirlo. Como mercenario típico, tan pronto como surgió una oferta mejor, la aceptó gustosamente (18:19-20). Le daba igual que fuera Micaía o los de la tribu de Dan, iba a donde había más dinero y empleo más interesante. Se parecía bastante a Balaam, hijo de Beor (Nú. 22-24). Empleó palabras acertadas. Parecía, por ellas, un dedicado profeta que temía a Dios. Pero no era así, porque amaba el dinero. Aunque parecía que hablaba y actuaba en conformidad con Dios, siempre buscaba escapatorias para no hacerle caso. Procuraba mantener una apariencia de ser un fiel profeta, sin violar la palabra de Dios, pero su propósito era la ganancia personal.
2. Este levita no era más que un jornalero. Job dijo: “”Como el siervo suspira por la sombra, y como el jornalero espera el reposo de su trabajo” (Job 7:2). El jornalero no trabaja por verdadera preocupación o por convicción. Sólo busca su propio bienestar y ganancia. El egoísmo prevalece en su vida. Jesús dijo: “Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa” (Jn. 10:12-13).
3. Es triste, pero hay asalariados en el ministerio cristiano hoy en día. Para algunos es sólo un trabajo. No hay verdadera convicción o dedicación a Dios. Algunos predican y hacen lo que la gente quiere, no lo que dice la Palabra de Dios. Hay pastores que cambian de iglesias por dinero y prestigio, sin importarles lo que hay que transigir. Algunos realizan sus trabajos con el mínimo esfuerzo. Es realmente triste cuando un pastor u otro que se dedica a la obra del Señor a tiempo completo, se preocupe principalmente por el dinero y el tiempo libre que pueda conseguir. Entristece que un siervo de Dios se deje llevar por la opinión pública o por personas de la iglesia que tienen poder, dinero o influencia.
B. Los pastores de Dios tienen que dar cuentas a Él. Así que, deberían predicar y hacer lo que Él dice, al margen del dinero o las opiniones o actuaciones de los demás.
1. Aunque no lo practicó, Balaam lo dijo bien a los siervos de Balac, rey de Moab: “Aunque Balac me diese su casa llena de plata y oro, no puedo traspasar la palabra de Jehová mi Dios para hacer cosa chica ni grande” (Nú. 22:18 y 24:13). Además, dijo: “La palabra que Dios pusiere en mi boca, esa hablaré” (Nú. 22:38). Y después: “¿No te he dicho que todo lo que Jehová me diga, eso tengo que hacer?” (Nú. 23:26). También preguntó: “¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo? ¿Y por qué he de execrar al que Jehová no ha execrado?” (Nú. 23:8).
2. Dt. 5:32-33 muestra que Dios desea integridad en los pastores y en los que se dedican a su obra. Dios dijo: “Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra. Andad en todo el camino que Jehová vuestro Dios os ha mandado, para que viváis y os vaya bien, y tengáis largos días en la tierra que habéis de poseer.” El complemento en el Nuevo Testamento de este pasaje es 2 Ti. 4:1-5: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.” Los predicadores no han de predicar y hacer lo que la iglesia quiera. Han de ser fieles a la Palabra de Dios. Han de predicar la verdad y hacer lo correcto, guste o no a la gente.
3. En primer lugar, es Dios quien coloca a uno en el ministerio (1 Ti. 1:12). El que recibe este ministerio ha de dar cuentas directamente a Dios (He. 13:17). El predicador no es propiedad de ninguna iglesia; pertenece a Dios. La iglesia y el pastor deben colaborar en consideración mutua. Sin embargo, Dios es el Dueño del pastor y le ha mandado que sea fiel a la Palabra, sea cual sea el precio por ello. El pastor (u otro colaborador) se convierte en asalariado, deshonrando a Dios, cuando empieza a agradar a la gente en lugar de agradar a Dios. Santiago dijo claramente: “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas” (Stg. 2:1). Continuó en el v. 9: “pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores.” ¡Qué Dios nos libre de que siervos suyos, especialmente pastores, que ignoren la voluntad divina para agradar a la gente, o por dinero u otras consideraciones materiales! 2 Ti. 2:4: “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado.” Según 1 R. 22:22-23, los pastores que fallan en este sentido tienen un “espíritu de mentira”; son asalariados y una deshonra para el ministerio. Los pastores de Dios necesitan convicción y dedicación a su voluntad; no el espíritu del levita, quien se entregó al que más ofrecía.
C. Algunos razonan que la iglesia, por pagar el sueldo del pastor, es su patrón y su jefe.
1. Es verdad que la iglesia tiene la responsabilidad dada por Dios de proveer las necesidades económicas del pastor o de los pastores, pero Dios es el jefe y el empleador. Incluso hay reconocimientos fiscales al respecto. Es Dios quien coloca a hombres en el ministerio (1 Ti. 1:12), y son responsables a Él (He. 13:17). Todo lo que se hace es para honrar al Señor (1 Co. 10:31; Col. 3:23).
2. Es como si Dios dijera a la iglesia: “Este hombre es mío. Tiene que dar cuentas a mí, pero os lo envío para proveer vuestra necesidad de alimento espiritual y liderazgo. Deseo que proveáis su necesidad económica, y para que así sea, os proveeré la vuestra.” Ya hemos visto que los pastores han de predicar la verdad a la iglesia (2 Ti. 4:1-2). Dios manda a sus pastores: “Apacienta mis corderos” (Jn. 21:15-17). Entonces, dice a las ovejas en la iglesia: “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” (1 Co. 9:14). 1 Co. 9:11: “Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material?” Ro. 15:27: “Pues les pareció bueno, y son deudores a ellos; porque si los gentiles han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos ministrarles de los materiales.” Lc. 10:7: “el obrero es digno de su salario.” Mt. 10:10: “el obrero es digno de su alimento.” 1 Ti. 5:17-18: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar. Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario.”
3. El pastor no es dueño de la iglesia, ni la iglesia es dueña del pastor. Ambos pertenecen a Dios. Sin embargo, es la responsabilidad del pastor alimentar y servir a la iglesia, y es la responsabilidad de la iglesia proveer las necesidades económicas del pastor o de los pastores. El pastor y la iglesia deben reconocer que es en efecto Dios quien sostiene a ambos. Si el pastor no provee el liderazgo espiritual de la iglesia, Dios puede reemplazarlo con uno que lo hace. Si la iglesia no provee las necesidades del pastor, Dios puede llevarlo a otro sitio donde lo hagan. Así Dios lo mostró en Elías (1 R. 17:1-16).
II. EL SEGUNDO PROBLEMA ESTÁ EN QUE ADQUIRIERON A UN SACERDOTE ASALARIADO.
A. Las personas de este texto consiguieron a un sacerdote asalariado para sus actos religiosos.
1. Micaía simplemente pagó un salario a un levita, y entonces él siguió ocupado en otros asuntos. Los de Dan llegaron y básicamente hicieron lo mismo.
2. Era un arreglo por conveniencia. Simplemente pagaron a alguien que realizara su trabajo. No se trataba de ser irreligioso. Es obvio que eran religiosos; si no lo fueran, no se habrían preocupado en absoluto. El problema consistía en pensar que podían librarse de sus obligaciones ante Dios, pagando a un levita. Era un pecado intentar servir a Dios por medio de otro.
B. Se parecen a bastantes iglesias.
1. Demasiadas iglesias opinan del pastor y sus colaboradores como Micaía y los de Dan opinaron del levita. Han pagado al pastor y a sus colaboradores para hacer el trabajo en su lugar. No ven la necesidad de ganar almas. Para eso han pagado al pastor. Razonan que no hace falta que realicen trabajos de mantenimiento y mejoramiento de la propiedad de la iglesia, ni que organicen reuniones especiales, ni que vayan a buscar a nuevas personas para la iglesia. Para eso pagan al pastor y a sus colaboradores.
2. Es decir, es la misma mentalidad que ha perdurado durante siglos: uno puede servir a Dios por medio de otro. Es la idea de que el éxito de la iglesia depende del pastor y de sus colaboradores. “Mientras voy a la iglesia y doy los diezmos, cumplo con mi obligación. Les pago para que hagan el trabajo por mí.” Algunos podrían adoptar las palabras de Micaía como propias. Dijo: “Ahora sé que Jehová me prosperará, porque tengo un levita por sacerdote.”
C. Este concepto es verdaderamente incongruente con el concepto bíblico de servir a Dios.
1. La verdad es que cada miembro tiene cierta responsabilidad en el éxito o fracaso de la iglesia. Cada miembro, incluso el pastor, debe apoyar a la iglesia mediante el diezmo y ofrendas, pero también debe apoyarla al máximo con su tiempo y talentos.
2. Ef. 4:16: “de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” 1 Co. 12:12-27 detalla que cada miembro debe participar en la actividad de la iglesia. No hay ninguna indicación de que uno pueda descargar su responsabilidad de ganar almas sobre el pastor o misioneros. De hecho, uno no se libra de ninguna de sus responsabilidades personales por medio de otro. El cristianismo es un asunto personal para cada hijo de Dios. Pablo escribió: “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre “(2 Co. 9:6-7). No se limita de ninguna manera al dinero. Los miembros de la iglesia de Dios deben dar según sus capacidades en todos los sentidos.
D. Así surge la pregunta: “Entonces ¿para qué tenemos pastor y colaboradores que tienen salario?”
1. La obra de la iglesia es de tal envergadura que conviene tener a alguien que se dedique a ella a tiempo completo. Naturalmente, mientras más grande es la iglesia, más necesidad de personal tiene. Esta afirmación no se basa meramente en lógica, aunque la tiene, sino se basa en la Palabra de Dios. 1 Co. 9:14: “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio.” Debe notarse que “el Señor” lo “ordenó”. 1 Ti. 5:17-18: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar. Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario.” En el Antiguo Testamento los sacerdotes habían de vivir exclusivamente de lo que les daba el pueblo, y así podían dedicarse por completo a servir al Señor. Esto tipifica lo que ocurre hoy con los pastores. Los apóstoles indicaron en Hch. 6 que el mismo principio es aplicable a los predicadores del Nuevo Testamento. Los v. 2-4 dicen: “Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.”
2. Los pastores y colaboradores no perciben salario para hacer el trabajo espiritual que deberían hacer los miembros de la iglesia. Al contrario, reciben salario para dedicarse por completo a la obra del Señor. La mayoría de los miembros tienen trabajos seculares para poder mantener a sus familias. Así no pueden dedicar su tiempo y sus talentos por completo a la obra de la iglesia. Deben hacer lo que puedan, pero tienen limitaciones. Pero la iglesia remunera a los pastores para librarlos de las exigencias económicas para que puedan dedicarse completamente a la obra del Señor.
3. No se les paga para que hagan el trabajo de los demás. Reciben salario para que puedan usar todo su tiempo y todos sus talentos en la obra del Señor. No sustituyen a los otros, sino complementan a los demás. Así, dedicándose por completo a la obra, se consigue mucho más que de otra forma.
Así indica Dios que hay que hacerlo. Adherirse a los principios de Dios siempre es el modo para hacer su obra. Cuando se pervierten sus enseñanzas surgen problemas. ¡Qué Dios nos libre del concepto de que la iglesia paga al pastor para que él haga el trabajo de los demás! Cada uno debe hacer todo lo que pueda. A la vez, mediante diezmos y ofrendas, se permite que otros se dediquen a tiempo completo al ministerio cristiano.Lo que cree hace la diferencia