10250 North Freeway @ West Road
Houston, Texas 77037
Tel: (281) 447-8484

RAZONES DE LO QUE CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson

Propiedad literaria - Dr Lester Hutson

Este material es propiedad literaria y se prohibe copiar o reproducir sin permiso expresado en escrito por el Dr. Lester Hutson

 

Para ordenar su copia de Razones de lo que Creemos,
vea la sección marcada Publicaciones

23

EL SUMO SACERDOTE SOBRE LA IGLESIA

He. 10:21

 

          El que abraza la enseñanza de este estudio se identifica con una pequeña minoría de todos los que profesan el cristianismo.  La gran mayoría de los que invocan el nombre de Jesús creen que todos los beneficios de la obra sacerdotal de Cristo son accesibles inmediatamente después de creer en Él.  No obstante, como este estudio manifestará, la Biblia enseña que la obra sacerdotal de Cristo es para los miembros de su iglesia.  Con ello no afirmo que sólo los miembros de la iglesia sean salvos, porque no hace falta ser miembro de la iglesia para nacer de nuevo; sin embargo, cabe destacar que hay muchas bendiciones y provisiones que ningún creyente obtendrá sin ser miembro de la iglesia del Señor, lo cual se efectúa mediante el bautismo en agua.

 

I.                    CRISTO, NUESTRO SUMO SACERDOTE, OBRA EN NUESTRO FAVOR DE DOS FORMAS.

A.            Primero, establezcamos que Cristo es nuestro sumo sacerdote.

1.             El versículo de texto, He. 10:21, habla de tener “un gran sacerdote”.  He. 3:1 dice:  “considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús”.  Por lo tanto, no hay duda, Jesucristo es el sumo sacerdote.

2.             He. 4:14 afirma que tenemos “un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios”.  He. 8:1 dice:  “tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos”.  A diferencia de los sacerdotes terrenales, Él es un “sumo sacerdote [...] santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (He. 7:26).

3.             He. 9:11 le llama “sumo sacerdote de los bienes venideros”.  Mientras otros sumos sacerdotes morían y eran reemplazados por otros, Jesús fue “hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (He. 6:20).

4.             Así que, las Escrituras constatan que Jesús es nuestro sumo sacerdote.

B.            He. 4:14-16 establece las dos áreas en que Cristo, nuestro sumo sacerdote, obra por nosotros.  Especialmente cabe destacar el v. 16 que menciona (1) “alcanzar misericordia” y (2) “hallar gracia”.

1.             Lo primero que podemos esperar de Cristo es “alcanzar misericordia”.

a. En vista de que “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ec. 7:20), y que “Todos se desviaron” (Ro. 3:12); entonces todos tenemos que confesar: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos” (1 Jn. 1:8).

b.             El pecado en nuestras vidas destruye la buena comunión con Dios (Is. 59:1-2) y nos hace pecadores en el sentido de Stg. 5:19-20.  El v. 19 hace referencia al hermano que “se ha extraviado de la verdad”.  El v. 20 le llama “pecador”.  No se trata de un pecador alejado de Dios, bajo la condena de muerte eterna, sino de un hijo de Dios, que ha quebrantado las reglas de la familia espiritual.  Por consiguiente, ha perdido la comunión con Dios, y es posible que muera físicamente, antes de tiempo, por culpa del pecado.

c. Lo que necesita un pecador así es “misericordia”, que es lo primero que nuestro sumo sacerdote promete en He. 4:16.  La promesa acompañante es “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).  Es lo que practicó el publicano en Lc. 18:13, orando:  “Dios, sé propicio a mí, pecador”.

d.             Pero, ¿por qué nos perdona los pecados?  ¿Es porque lo merecemos?  La respuesta es no.  Nos limpia por la virtud de la sangre de Cristo.  Así lo afirma 1 Jn. 1:7, diciendo:  “y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.”  Así que, cualquier perdón que reciben los hijos de Dios es por medio de Cristo, el sumo sacerdote.  El conceder perdón es un acto de misericordia por parte suya.

e. Por lo tanto, dado que nuestro sumo sacerdote, Jesucristo, está en los cielos (He. 4:14), y que la misericordia se obtiene mediante confesión (1 Jn. 1:9), entonces la manera de acercarnos “confiadamente” a Él (He. 4:17) es por la oración.  Así que, la obra sacerdotal de Cristo consiste en que los hijos de Dios reciben su misericordia mediante oración.  Por consiguiente, los hijos tienen comunión entre sí y para con Dios (1 Jn. 1:3).  Esta comunión sería imposible aparte de la obra sacerdotal de Cristo disponible por la oración.

f.  El pecado en la vida del hijo de Dios destruye la comunión entre él y Dios, de tal manera que le incapacita para pedir gracia, o cualquier otra cosa, a menos que acuda a Dios en confesión, pidiendo perdón.  Por lo tanto, el orden de He. 4:16 no es por casualidad.  Nuestro sumo sacerdote concede (1) misericordia, y después (2) gracia.  No podemos esperar gracia sin haber conseguido misericordia.  Ningún hijo de Dios puede ignorar sus pecados y, a la vez, conseguir “gracia para el oportuno socorro”.  La gracia sólo se concede a los que andan en comunión con Dios mediante la confesión de pecados, o sea, mediante la adquisición de misericordia.

2.             Lo segundo que podemos esperar de nuestro sumo sacerdote  es “hallar gracia”.

a. Es por “nuestras debilidades” (He. 4:15), o la debilidad de la carne (Mt. 26:41), que necesitamos la gracia.  Nos hace falta el socorro de gracia por la lucha que hay con la carne, el mundo y el diablo.  Sin gracia, nunca tendríamos éxito en nuestro servicio a Dios.  Por esta razón, He. 12:28 dice:  “tengamos gratitud [gracia, griego “charis”], y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia”.  Esta cita señala que es por la gracia de Dios que podemos servirle de forma aceptable.

b.             El hijo de Dios se sitúa en la esfera correcta y obtiene misericordia divina mediante la confesión de sus pecados, que impiden la comunión; entonces, puede pedir toda la gracia que necesite para afrontar las circunstancias de la vida.  A personas así, 1 Co. 10:13 promete:  “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.”  Al contrario, el hijo de Dios que se niega a ponerse en la situación en que Él bendice, y se niega a confesar sus pecados, no puede esperar este socorro de gracia.  Tampoco puede esperar la victoria sobre las debilidades, que impiden que sirva eficazmente a Dios.

c. El obediente hijo de Dios puede recibir del sumo sacerdote influencia divina sobre su corazón, cuyo reflejo se verá en la vida.  Podrá hacer frente a los problemas de la vida, por muy difíciles que sean.  Podrá recibir la fuerza para hacer la obra de Dios.  La gracia que concede el sumo sacerdote cambiará el hablar (Col. 4:6), dará fuerza espiritual (2 Ti. 2:1), infundirá estabilidad (He. 13:9), pondrá un nuevo cántico en los labios (Col. 3:16) y efectuará muchas otras cosas a fin de que tenga una vida repleta de victoria y de gozo.  La gracia de Dios es suficiente para conceder todo lo que necesita el hijo de Dios (2 Co. 12:9).

d.             El medio de acercarse al sumo sacerdote para hallar el socorro de gracia,  es la oración.  Por lo tanto, la obra sacerdotal de Cristo es inseparable de la oración.  El medio por el que nos beneficiamos de todas las cosas maravillosas que ofrece, tanto misericordia como gracia, es la oración.  Nuestro sumo sacerdote está dispuesto a actuar cuando nos acercamos a Él en oración.

 

II.                 NUESTRO SUMO SACERDOTE, JESUCRISTO, REALIZA SU OBRA SACERDOTAL EN UNA ESFERA DETERMINADA.

A.            La esfera en que Cristo obra como nuestro sumo sacerdote es la iglesia.

1.             El texto, He. 10:21, constata que Jesús es sumo sacerdote “sobre la casa de Dios.”

2.             No hace falta especular sobre lo que es “la casa de Dios”.  El testimonio divino de la Palabra de Dios dice claramente que es la iglesia.  1 Ti. 3:15:  “la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente”.

3.             Hay los que argumentan que la obra sacerdotal de Cristo se extiende a todos los creyentes.  La Biblia nunca lo afirma así.  En cambio, constata que la obra sacerdotal se limita a la casa de Dios, la iglesia.  Ef. 2:22 dice que la iglesia es “morada de Dios en el Espíritu”, y no hay ninguna indicación de que la obra sacerdotal se efectúe fuera de ella.  Dios desea recibir “gloria en la iglesia” (Ef. 3:21), y causa que “todas las cosas” sean de la iglesia (Ef. 1:22-23).  Si Dios quiere que todos sus hijos pertenezcan a la iglesia, ¿por qué ofrecería su obra sacerdotal a los que son obstinados y rebeldes, rechazando situarse dónde Dios bendice?

4.             Las Escrituras confirman que Dios no lo hace.  Los beneficios sacerdotales, de misericordia y gracia, son exclusivamente para los que son de su casa.  Los hijos obstinados y rebeldes siguen siendo hijos y, por lo tanto, están libres de condenación por la obra de Cristo en la cruz.  Sin embargo, no tienen derecho a la oración, por la cual uno se beneficia de la comunión con Dios, y de la obra actual que Cristo realiza como sumo sacerdote.

5.             Es decir, el hijo de Dios no puede orar hasta que se bautiza y es miembro de la iglesia del Señor.  Es así porque es por la oración (acercarse confiadamente al trono de la gracia) que uno se apropia de la obra sacerdotal de Cristo.  Si Él efectúa su ministerio sacerdotal sólo para la iglesia, entonces las oraciones de otros, dirigidas al sumo sacerdote, son vanas.  Por lo tanto, uno que está fuera de la iglesia no puede conseguir perdón por pecados (misericordia), que impiden la comunión; ni puede conseguir socorro ante los problemas, ni fuerza para servir a Dios de forma aceptable (gracia).  A diferencia de lo que muchos opinan, es importante seguir al Señor en el bautismo y ser miembro de su iglesia.  No se puede acceder al sacerdote para conseguir lo que Él ofrece, si no es a través de su iglesia.  Muchos han menospreciado la iglesia, pensando que no es importante, pero sigue siendo la esfera en que Cristo actúa como sumo sacerdote.  Sin la iglesia uno nunca podrá disfrutar de los beneficios sacerdotales.  Por ello, 1 P. 3:21 dice:  “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva”.

B.            Las Escrituras ejemplifican bien esta verdad.

1.             Bajo el sistema levítico del Antiguo Testamento, un judío sólo podía conseguir los beneficios del sumo sacerdote terrenal en el lugar estipulado, o sea, en el tabernáculo o más tarde en el templo.  Allí era donde oficiaba el sumo sacerdote.  Dios sólo había prometido encontrarse con su pueblo allí.

2.             Éx. 25:22:  “Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio”.  El propiciatorio se hallaba dentro del tabernáculo.  Había una cerca alrededor del tabernáculo, y dentro de la cerca un altar de holocausto (Éx. 40).  De cuando en cuando, el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo para ofrecer sacrificios sobre el propiciatorio (Lv. 16:15). 

3.             Si un judío decidiera ofrecer un sacrificio ante Dios en otro lugar que no fuera ante el sumo sacerdote en el tabernáculo, su ofrenda sería denegada.  Dios dice:  “Les dirás también:  Cualquier varón de la casa de Israel, o de los extranjeros que moran entre vosotros, que ofreciere holocausto o sacrificio, y no lo trajere a la puerta del tabernáculo de reunión para hacerlo a Jehová, el tal varón será igualmente cortado de su pueblo” (Lv. 17:8-9; también Jos. 22:10-29).

4.             Así, en aquellos tiempos, había un lugar determinado, una esfera concreta, donde se podían conseguir los beneficios del sumo sacerdote.  Fuera de esa esfera, no había libertad para ofrecer sacrificios, y si lo hacían, era sin la bendición sacerdotal.

5.             Lo del sumo sacerdote del Antiguo Testamento constituía una bella indicación de la gran obra actual del sumo sacerdote, Jesucristo.  Entonces había una esfera determinada en que el pueblo podía encontrarse con el sumo sacerdote y conseguir sus beneficios, y ahora también hay una esfera determinada en que podemos apropiarnos de lo que ofrece el sumo sacerdote.  Entonces la esfera era el tabernáculo o, más tarde, el templo; ahora es la iglesia (lo cual no quiere decir el edificio sino las personas).

Que los incrédulos o los hijos desobedientes, que no obedecen el mandato de bautizarse y pertenecer a la iglesia,  puedan orar es totalmente ajeno a lo que enseña la Biblia.  Según la verdad de Dios, disfrutar de los beneficios del ministerio del sumo sacerdote depende de estar en la esfera en que ministra el sumo sacerdote, y esa esfera es la iglesia.

 

Lo que cree hace la diferencia