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RAZONES DE LO QUE
CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson
Propiedad literaria - Dr Lester Hutson
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El propósito de este estudio es indicar cómo debería ser la oración del creyente en cuanto a los incrédulos. La afirmación de Jesús “no ruego por el mundo” (Jn. 17:9) no implica una despreocupación por los incrédulos. Tampoco quiere decir que jamás les tuviera en cuenta en sus oraciones. De hecho, antes de que pasaran veinticuatro horas, Jesús oraría por la muchedumbre asesina que le crucificó, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34). Asimismo, Pablo dijo: “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación” (Ro. 10:1). Sin embargo, esta oración no implica que sea el medio de salvación para los incrédulos. Los creyentes no hemos de quedarnos sentados, orando para que se conviertan los incrédulos. Hay una forma acertada, y otra equivocada, de demostrar interés en la conversión de personas en nuestras oraciones. No tiene sentido orar por incrédulos de forma contraria a los principios de las Escrituras. Así que, procederemos juntos para averiguar cómo deberíamos de tener en cuenta a los incrédulos en nuestras oraciones.
I. LAS ESCRITURAS CLARAMENTE ENSEÑAN QUE EL MODO DE CONVERTIRSE NO ES POR LA ORACIÓN.
A. La Biblia no deja lugar a dudas sobre cómo las personas se salvan.
1. Ro. 10:17: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”
2. El incrédulo tiene que oír y creer el evangelio para ser salvo. El evangelio es la muerte, la sepultura y la resurrección de Jesucristo, según las Escrituras (1 Co. 15:1-4). El evangelio es el poder de Dios para salvación (Ro. 1:16).
3. No hay otro medio de salvación fuera del evangelio. El incrédulo tiene que oír y creer este evangelio para ser salvo. Jn. 3:18 dice: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” Jn. 3:36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”
4. Ro. 10:14-15 constata de forma vívida lo importante que es que los hombres oigan y crean el evangelio de Jesucristo. Dice: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”
B. Conseguir la salvación de los incrédulos mediante la oración está en discordia con el método divino de oír y creer.
1. Si fuera posible conseguir la conversión de otros mediante la oración, ¿por qué nos esforzaríamos en llevarles el evangelio de Jesucristo?
2. Si sólo hiciera falta orar, seguramente sería un derroche de tiempo y dinero enviar a misioneros al extranjero. Si fuera posible así, podríamos ahorrar nuestro dinero y energías, y dedicarnos sólo a orar. Si uno se pusiera a orar por un incrédulo y otro le fuera a predicar el evangelio, ¿por cuál de ellos podría recibir la salvación? Creo que el estudiante sincero de la Palabra de Dios tendrá que admitir que sólo sería por oír y creer el evangelio.
3. La teoría de conseguir la conversión mediante la oración haría inútil ir con la Palabra de Dios, que es el método que la Biblia propaga continuamente. Lc. 14:23 dice: “Dijo el señor al siervo: Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa.” Mr. 16:15: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” Mt. 28:19 dice: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
4. Sólo sentarnos a orar para que Dios salve a los pecadores no está en armonía con sus enseñanzas acerca de la necesidad de oír y creer su palabra. Tampoco armoniza con la obligación que tienen los creyentes de ir a predicar. Si los hombres se convierten por medio de la oración de creyentes, entonces todos deberíamos dedicarnos a orar, salvando así a tantos como pudiéramos.
5. A la luz de las Escrituras, sabemos que podemos orar todo lo que queramos, pero nadie se salva mientras no oiga y no crea el evangelio. También sabemos que si uno oye y cree el evangelio, aunque nadie haya orado por él, se salva.
6. En resumen, la salvación es un asunto personal de cada uno. Nadie puede conseguir la salvación por otro, ni orando, ni creyendo, ni obrando, ni comprometiéndose en su lugar. No importa lo que otros hagan, o dejen de hacer; mientras el individuo no tenga fe personal en Cristo, permanece en la perdición.
7. Muchos creyentes bien intencionados han orado a fin de que Dios salvara a algunos en concreto. Frecuentemente oran para que Dios salve a los que están a punto de entrar al infierno. La intención es buena, pero no es cómo Dios salva a pecadores. En vez de salvar arbitrariamente a aquéllos por los que hemos orado, Dios nos ha mandado ir y predicarles el evangelio. Si lo reciben, Dios los salva. Si no lo reciben, no los salva.
C. ¿Qué podemos pedir que Dios haga por los pecadores que no haya hecho ya?
1. ¿Indica la Biblia que Dios, de forma arbitraria, alcanzará al pecador obligándole a creer (aunque el individuo piense que es por voluntad propia) sólo porque alguien ha orado por él?
2. En otras palabras, Dios, después de proveer salvación por medio de su muerte, sepultura y resurrección, ¿va a obligar que unos crean mientras ignora a otros? ¿Cómo podría hacer algo así, sabiendo “que Dios no hace acepción de personas” (Hch. 19:34)? ¿No es verdad que Dios ha dado libre albedrío para que se pueda aceptar o rechazar lo que Él ha provisto?
3. Jesús ya murió, fue sepultado y resucitó para los pecados. Ya llevó sus pecados sobre sí en la cruz. Ya ha acabado la obra necesaria para la redención de los incrédulos (Jn. 19:30). ¿Qué más podemos pedir que haga por ellos? ¿Le pediremos que les obligue a recibirle? Nunca lo haría. Lo único que impide la salvación de los incrédulos es la aceptación del evangelio.
4. Así que, por la obra consumada en la cruz, cuyos beneficios se limitan a los que tienen fe, Jesús dijo: “no ruego por el mundo” (Jn. 17:9).
II. AUNQUE NO PODEMOS APROPIAR LA SALVACIÓN DE LOS INCRÉDULOS POR LA ORACIÓN, PODEMOS ORAR PARA QUE DIOS NOS AYUDE A CONDUCIRLOS A LA SALVACIÓN.
A. Dios no nos promete respuesta si pedimos mal (Stg. 4:3). Sin embargo, promete ayudarnos si pedimos conforme a su voluntad (Mt. 6:10; Ro. 8:27).
1. Nunca prometió salvar a los incrédulos por medio de nuestras oraciones, pero sí que prometió darnos su gracia en el intento de alcanzarlos (He. 12:28).
2. Podemos pedir, como David en Sal. 51:10, “un espíritu recto”, lo cual ayudará mucho a la hora de ganar almas para Cristo.
3. Stg. 1:5 dice: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” Todo el que ama a los incrédulos necesita sabiduría en su esfuerzo por ganarlos. Dios nos concede el privilegio de pedir sabiduría para poder evangelizar. Cada persona es única, y por ello necesitamos sabiduría, o perspicacia, para saber tratarla.
4. También se pueden pedir valor y constancia en los esfuerzos por ganar a los incrédulos. Así oraron los santos en Hch. 4:29, diciendo: “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos, que con todo denuedo hablen tu palabra”.
5. También se puede pedir que Dios minimice los esfuerzos de Satanás por impedir la conversión de almas. Además, Dios puede dar ventaja en el arreglo de circunstancias. A fin de cuentas, Dios todavía reina sobre el mundo (Col. 1:17). Tiene capacidad para “cercarnos” (Job 1:10) y hacer que todo obre para el bien del creyente (Ro. 8:28).
6. Se pueden expresar a Dios en oración los deseos del corazón hacia los incrédulos. Pablo escribió: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego” (Fil. 4:6). El hijo de Dios debería desear la salvación de seres queridos, de amigos y de todos. Representa sinceridad expresarlo a Dios. Sin embargo, son dos cosas bien distintas pedir que Dios ayude a alcanzar y pedir que salve. Es algo poderoso que los no convertidos oigan cómo el creyente expresa su amor por ellos ante Dios, incluso el deseo de su conversión y bienestar. Así hizo Esteban en Hch. 7:59-60. Pablo indicó que nuestras oraciones deberían ser para el bien de todos, especialmente de los que están en autoridad (1 Ti. 2:1-2).
7. Stg. 5:16 dice: “orad unos por otros”. Deberíamos orar por la obra evangelizadora de nuestros hermanos.
8. Así que, hay muchas cosas por las cuales pedir en relación con evangelizar; sin embargo, pedir que Dios salve arbitrariamente viola el orden bíblico de evangelización.
B. No pedir que Dios salve a los incrédulos (como Jesús en Jn. 17:9), no necesariamente indica una falta de interés por ellos.
1. Se puede orar de corazón por los incrédulos, pidiendo que Dios haga lo que ha prometido hacer en relación con ellos, pero sin pedir que viole su método establecido de que los incrédulos se le acerquen voluntariamente por fe.
2. La obra de Dios tiene que hacerse conforme a su método. Ayudará a sus hijos a alcanzar a los incrédulos, pero no salvará a los que no han oído el evangelio, aunque sus hijos se lo pidan.
3. Algunos de los hijos de Dios reconocen que así es. Por consiguiente, se esfuerzan en dar a conocer el evangelio, mientras procuran la gracia y la ayuda de Dios en su tarea.
III. ALGUNOS, EN OPOSICIÓN A NUESTRA POSTURA, OFRECEN RO. 10:1 COMO ARGUMENTACIÓN.
A. Ro. 10:1 dice: “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación.”
B. Mucho antes de que Pablo escribiera estas palabras, Dios había profetizado acerca de una conversión nacional de Israel.
1. Prometió que, a pesar de su dispersión, volvería a reunir a Israel en su propia tierra, trayéndolos desde los cuatro rincones de la tierra (Is. 43:5-6; Ez. 37:1-28).
2. En Ez. 20:33-38, les prometió un tiempo de tribulación, grande y terrible, lo cual serviría para quebrantar su orgullo y obstinación.
3. En medio de esta tribulación, parece como si Israel fuera totalmente destruida; sin embargo, Dios sale a defenderla (Zac. 14:1-3). Joel dijo: “Y Jehová rugirá desde Sion, y dará su voz desde Jerusalén, y temblarán los cielos y la tierra; pero Jehová será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza de los hijos de Israel” (Jl. 3:16).
4. Después de esta tribulación, y la liberación de ella por el Señor, Él establecerá a Israel en la Tierra Prometida como cabeza de las naciones (Zac. 8:20-23; también Ez. 48:1-29; Am. 9:11-15).
5. El resultado de la tribulación será una conversión nacional de Israel.
a. Zac. 12:10 dice que cuando Jesús luche por ellos “mirarán a mí, a quien traspasaron”.
b. Jer. 16:14-21 y 23:3-8 hacen referencia a lo mismo. El último de estos pasajes, dice: “En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado” (v. 6).
c. El profeta Isaías escribió: “Israel será salvo en Jehová con salvación eterna” (Is. 45:17).
d. Cuando Pablo escribe en Ro. 10, dice de Israel: “Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (v. 2-3). Entonces, al igual que ahora, Israel, como nación, está en incredulidad, pensando que pueden ser justos mediante sus leyes, u obras, aparte de la obra de Cristo en la cruz.
e. Sin embargo, Pablo sabía que llegaría el día en que Israel, como nación, reconocería su equivocación, dejando su forma de ver la salvación, y que miraría a Aquél que traspasaron en la cruz. El resultado obvio es que se salvarán. Así lo dice en Ro. 11:25-27: “que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados.” Por lo tanto, Pablo sabía que eventualmente Israel se salvaría por fe en Cristo, que es el único modo de salvarse. Ésta fue la promesa de Is. 45:17; 59:20-21 y 27:9, y Pablo la cita en Ro. 11:25-27. La comparación de Ro. 11:25-27 con Ro. 10:1-3 demuestra que Pablo oraba por el cumplimiento de la promesa de Dios, o sea, a fin de que Israel se salvara mediante fe en el Mesías. No pide que Dios los salve de forma arbitraria, aparte de fe en el evangelio. Tampoco pide que suprima sus voluntades, obligándoles a creer.
C. El deseo de Pablo, expresado en oración, era para que la promesa de Dios se efectuara rápidamente. Oraba deseando el pronta cumplimiento de la profecía y el bienestar de su pueblo, según la carne. No pidió algo que Dios nunca hubiera prometido, como salvar a uno que nunca haya oído la verdad de Jesús como el Mesías.
La conversión de Israel no se refiere a que de vez en cuando se salve un judío, sino a una conversión nacional en consecuencia a la tribulación. Si tuviéramos una promesa específica de Dios sobre la salvación de un individuo en concreto, o de que todo el mundo se salvaría, entonces podríamos pedir su cumplimiento. Sin embargo, no hay tal promesa en la Palabra de Dios. Pero Pablo sí que tenía una promesa en la Palabra de Dios sobre la conversión de Israel, y por ella podía pedir su cumplimiento. Así, se hace evidente la diferencia entre la oración de Pablo por la conversión nacional de Israel, y la oración del creyente por la salvación del incrédulo. Todos los hijos de Dios deberían interesarse por los incrédulos. Deberían orar por la gracia y poder de Dios para alcanzarlos. Sin embargo, el creyente debería tener cuidado en no pedir que Dios haga lo que no ha prometido, o que viole su método de evangelizar, o que anule de forma arbitraria la voluntad del hombre para salvarlo.Lo que cree hace la diferencia