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RAZONES DE LO QUE CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson

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CAER DE LA GRACIA
(PRIMERA PARTE)

Gá. 5:4

“TRES ASPECTOS DE LA GRACIA”

           Una de las doctrinas más odiadas de la eterna Palabra de Dios es la de la seguridad eterna del creyente (“una vez salvo, siempre salvo”).  Ante esta verdad, muchos se levantan automáticamente para negarla.  Lo hacen incluso sin examinar la evidencia.  De hecho, muchos tienen una opinión tan acérrima sobre el tema que se niegan con vehemencia a considerar lo que la Biblia dice.  En lugar de hacer un análisis están seguros de que un creyente puede perder la salvación y van a la Biblia, no para averiguar lo que dice, sino para confirmar su teoría preconcebida.  En vez de usar bien “la palabra de verdad”, conforme a 2 Ti. 2:15, proceden a establecer un argumento sin fundamento.  Para ello, están obligados a sacar pasajes de su contexto, hacer malas aplicaciones y pervertir el sentido de los pasajes.

          Una de las citas que emplean erróneamente para apoyar su teoría contra la seguridad eterna del creyente es Gá. 5:4.  Pablo escribía a los gálatas:  “de la gracia habéis caído”.  Los que niegan que la vida espiritual sea “eterna” (Jn. 3:15), o un “don de Dios” (Ef. 2:8), afirmando que la tenemos mientras no cometamos ciertos males y mantengamos una buena conducta, se aferran a este versículo como prueba de su teoría.  Suponen que “gracia” hace referencia a la vida eterna y que “habéis caído” se refiere a que los gálatas iban encaminados hacia el cielo, pero ahora se habían perdido e iban dirigidos al infierno.  Es solamente una de varias citas que a menudo se pervierten para negar la verdad de la seguridad eterna del creyente.  Puesto que usan este pasaje como texto de prueba, es conveniente ofrecer una explicación de él para el beneficio de los que están verdaderamente interesados en saber la verdad.

          Para  comprender este texto, es necesario saber que la Biblia habla de tres maneras principales en que Dios nos extiende su gracia.  Se define gracia como el inmerecido amor o favor de Dios hacia el hombre.  Simplemente quiere decir que cuando Dios nos hace algo que no merecemos, se trata de su gracia para con nosotros.  Por culpa de nuestros pecados (Ro. 3:23), ninguno merece el favor del Señor (Tit. 3:5).  Sin embargo, todos recibimos bendiciones, por la gracia de Dios.

          Dios manifiesta su gracia, o favor inmerecido, hacia la humanidad de tres maneras distintas.

 

I.                    HAY LA GRACIA DE DIOS QUE SALVA EL ALMA DE LA PENA DEL PECADO, QUE ES LA MUERTE O SEPARACIÓN ETERNA DE DIOS.

A.            Todos pecamos y, por consiguiente, estamos “destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23).  Es así porque en nuestra carne “no mora el bien” (Ro. 7:18), y porque nuestra mejor conducta es “como trapo de inmundicia” delante de Dios (Is. 64:6).  La realidad es que “hemos pecado” (1 Jn. 1:19) y también que “tenemos pecado” (1 Jn. 1:8).

B.            Dado que “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23), todos merecemos la ira de Dios.  Pablo demostró “a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Ro. 3:9), y que todo el mundo queda “bajo el juicio de Dios” (Ro. 3:19).  Si el hombre recibiera su merecido, estaría eternamente separado de la presencia de Dios en el lago de fuego, que Ap. 20:14 llama “la muerte segunda”.

C.            Sin embargo,  y a pesar de no merecerlo, Dios tiene un remedio para perdonar a los pecadores, librar a los culpables y salvar de la eterna separación de Dios en el lago de fuego.  Dios mismo, en la persona de Jesucristo, fue a la cruz donde “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo” (1 P. 2:24), y “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6).  He. 10:14, en referencia a la cruz, dice:  “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”  Los que estaban “muertos en [...] delitos y pecados” (Ef. 2:1), ahora están “vivos para Dios” (Ro. 6:11) por la obra de Cristo en la cruz.  Para los que estaban condenados ante Dios (Jn. 3:18), ahora “ninguna condenación hay” (Ro. 8:1).  Los que iban hacia una separación eterna de Dios en el lago de fuego, ahora tienen vida eterna (Jn. 3:15-16).

D.            Se ofrecen, por medio de Jesucristo, salvación y perdón de pecados para toda la humanidad, a pesar de su pecado y culpabilidad delante de Dios.  Todos los que creen en Cristo (que es igual a recibirle) pasan de la muerte a la vida (Jn. 5:24). 

E.             Esta obra de Dios, mediante la cual salva de la pena del pecado, que es la muerte, se llama gracia.  Ninguno es digno de ella; ninguno la merece.  Dios simplemente ofrece su amor y favor hacia el hombre mediante la provisión de salvación de la pena del pecado.  Por eso, Ef. 2:5 y 8 afirman que “por gracia sois salvos”.  La salvación es por fe en lo que Dios ha hecho, no por obras que nosotros hagamos.  Somos “justificados gratuitamente por su gracia” (Ro. 3:24).

F.             Hay la gracia de Dios por la cual Él salva al pecador de la pena del pecado.  Se trata de la GRACIA SALVADORA de Dios, provista en la muerte de Cristo.  A esta gracia se refiere Ef. 1:2-7.

 

II.                 ADEMÁS, HAY LA GRACIA DE DIOS QUE SOSTIENE, SALVA O LIBRA CADA DÍA DEL PODER DEL PECADO SOBRE NUESTRAS VIDAS.

A.            Aunque ya somos salvos de la pena del pecado, en la vida diaria nos vemos enfrentados con un enemigo, Satanás, que intenta anular nuestro gozo, eliminar nuestro fruto, hacernos hipócritas y destruir nuestro testimonio como hijos de Dios.  Quisiera arrastrarnos a la vida pecaminosa, hacernos infelices e incluso acortar nuestros días (Ec. 7:17; 1 Co. 11:30).

B.            Satanás trabaja incesantemente para quebrantar a los hijos de Dios, usando para ello el mundo y la carne.  A esto se refería Pablo cuando escribió:  “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Ro. 7:15).  Continuó diciendo:  “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley:  que el mal está en mí” (v. 21); y añadió:  “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (v. 22-23).

C.            Aunque el hijo de Dios ya ha sido librado de la pena del pecado, la muerte; todavía no ha sido librado del poder del pecado, que intenta dominar y controlar su vida cada día.  Satanás, mediante el pecado, intenta devorar y destruir la vida temporal del hijo de Dios (1 P. 5:8), y además Satanás es más poderoso que el hijo de Dios.  Por fuerza propia, no podemos vencerle.  Como nosotros, el apóstol Pablo sabía que no podía hacer frente a Satanás; necesitaba que alguien le librara del diablo.  Por eso dijo:  “¡Miserable de mí!  ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:24).

D.            Ninguno por fuerza propia puede servir a Dios como debería.  Por mucho que uno se esfuerce por servirle de forma aceptable y vencer el pecado, no lo logra.  Así el pecado vence dominando nuestras vidas.

E.             Pero, el mismo Dios que tiene gracia para salvar de la pena del pecado, también tiene gracia para salvarnos de su poder y dominio.  No porque lo merezcamos, sino por su amor y favor, Dios está dispuesto a librarnos del dominio del pecado.  Quiere concedernos la victoria sobre el pecado y sobre el diablo que quiere propagar el pecado en nosotros.  Pablo hizo referencia a esta disposición de Dios cuando dijo:  “¡Miserable de mí!  ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”; a lo que respondió:  “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro. 7:25).

F.             Por la ayuda diaria de Dios, cada creyente puede afirmar con Pablo que “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).  Mediante el favor inmerecido de Dios, encontramos que con cada tentación hay una salida para que podamos soportar (1 Co. 10:13).  No es por el poder de uno mismo, sino es por el poder de Dios que uno puede vencer al diablo, al igual que los de Ap. 12:11.

G.            Es por gracia, el favor inmerecido de Dios, que podemos tener gozo, dar fruto y vencer.  Eso es GRACIA SUSTENTADORA, o la salvación diaria.  Se efectúa por Jesús, que vive y se dedica a ayudarnos cada día.  He. 7:25 declara:  “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.”

H.            Para poder conseguir la victoria y servir de forma idónea, es esencial recibir esta ayuda o gracia de Dios.  Refiriéndose a esta clase de ayuda, Dios le dijo a Pablo:  “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9).  He. 4:16 también habla de ella, diciendo:  “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”  Uno puede ser fuerte, cuando esta gracia obra en su vida.  Así lo comunicó Pablo a Timoteo:  “esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Ti. 2:1).  Cuando obra la gracia de Dios “el pecado no se enseñoreará” (Ro. 6:14).

I.               Así que, hay un especial favor inmerecido o gracia por la que Dios salva al pecador de la pena del pecado, la muerte; pero, también, hay un especial favor inmerecido o gracia por la que Dios salva a sus hijos del poder o dominio del pecado día tras día.  No se deben confundir estas dos gracias.  Una es para con el incrédulo, y la otra es para con el hijo comprado por sangre.  Ambas se refieren a gracia o favor inmerecido de Dios, pero son dos clases distintas.

 

III.               ADEMÁS DE ESTOS DOS ASPECTOS, HAY LA GRACIA POR LA QUE DIOS GLORIFICARÁ A TODOS LOS QUE HAYAN EXPERIMENTADO LA GRACIA SALVADORA.

A.            Ninguno podría esperar ser glorificado porque en la carne “no mora el bien” (Ro. 7:18) y porque “todos nosotros somos como suciedad” (Is. 64:6). 

B.            Pero, somos “herederos” de Dios (Tit. 3:7).  Además, “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.  Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.  Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Ro. 8:16-18).

C.            Nuestra glorificación es un acto de gracia por parte de Dios, porque no nos la merecemos.  Todavía no hemos experimentado esta gracia; pero, en efecto, lo haremos cuando Él vuelva.  Fil. 3:21 dice:  “el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya”.

D.            Así que, el tercer aspecto de la gracia es GRACIA GLORIFICADORA, que es diferente de la gracia salvadora y la gracia sustentadora.  La gracia glorificadora tiene que ver con lo que Él nos hará en el futuro.  La gracia salvadora ocurrió en el pasado para nosotros.  Ya nos ha salvado de la pena del pecado.  La gracia sustentadora está ocurriendo en el presente.  Actualmente nos sustenta día tras día del poder y del dominio del pecado.  La gracia glorificadora ocurrirá en el futuro.  Nos glorificará cuando llegue el momento.

 

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