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RAZONES DE LO QUE CREEMOS VOL.2
Escrito por Dr. Lester Hutson

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GUARDAR LOS MANDAMIENTOS

1 Jn. 2:3-8

 

          La mayor parte del mundo religioso, y de una forma u otra esto involucra a la mayor parte del mundo, cree que la salvación es el resultado de ser bueno.  La mayoría de los que se llaman cristianos cree que uno es salvo sólo si guarda los mandamientos de la Biblia.  Sin embargo, pocos están seguros de lo que significa “guardar los mandamientos”.  Algunos afirman que hay que guardar los diez mandamientos.  Otros dicen que para ser salvo hace falta guardar un cierto porcentaje de los mandamientos de la Biblia, pero sin saber qué porcentaje.  Incluso, hay los que dicen que hace falta guardar todos los mandamientos de la Biblia.

          El texto, 1 Jn. 2:3-8, trata precisamente este tema.  El v. 3 afirma que “le conocemos, si guardamos sus mandamientos”.  El v. 5 dice que “sabemos que estamos en él” si guardamos “su palabra”.  Es evidente que “guardar sus mandamientos” es lo mismo que “guardar su palabra”.  Ahora bien, si “conocerle” y “estar en él” dependen de guardar todos sus mandamientos, toda su palabra, entonces no hay ninguno que esté en él ni ninguno que le conozca, porque no hay nadie que sepa toda  su palabra o que la guarde.  Así lo demuestra 1 Jn. 1:8, 10.

          Sin embargo, sea cual sea el significado de “mandamientos”, hay que guardarlos, porque no hacerlo significa que la persona está perdida y sin Salvador.  Así que, toda persona sincera debe desear saber a qué se refiere “palabra” y “mandamientos”.  Es evidente que hay una palabra, unos mandamientos, que hay que guardar para ser salvo. Sin embargo, sostenemos que se refieren a algo específico y no hacen referencia a toda la Palabra de Dios, ni tampoco a todos los mandamientos que se encuentran en ella.  Es lo que pretendemos comprobar en esta lección.

 

I.                    LOS MANDAMIENTOS, O PALABRA, MENCIONADOS AQUÍ, HACEN REFERENCIA AL EVANGELIO; NO SE REFIEREN A TODAS LAS PALABRAS Y A TODOS LOS MANDAMIENTOS DE LAS ESCRITURAS.

A.            Muchas personas se precipitan en sus conclusiones bíblicas.

1.             Toman demasiado por sentado.  Por ejemplo, la Biblia menciona varias mujeres llamadas María.  ¿No sería necio pensar que todas las referencias bíblicas a María se refieren a María, la madre de Jesús?  Sin duda es importante averiguar a cuál de ellas se refiere en cada caso.

2.             Hay que ser uno “que usa bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15).  No hacerlo, no importa la sinceridad del estudiante, resulta en interpretaciones equivocadas de las Escrituras.  Así es fácil establecer posturas erróneas acerca de la Biblia.

3.             Cosas que parecen iguales no necesariamente lo son. Es especialmente importante comprender esto al considerar este texto y el tema de guardar los mandamientos.

B.            Los mandamientos, y la palabra, que se mencionan aquí, y que hay que guardar para ser salvo, se limitan al evangelio y el amor que acompaña la fe.

1.             Cada uso de los términos “verdad”, “palabra” y “mandamientos” en las Escrituras no hace referencia a toda la Biblia y, por consiguiente, a todas las verdades, todas las palabras y todos los mandamientos que hay en ella.

2.             Por ejemplo, Jesús dijo a los fariseos, que guardaban muchos de los mandamientos de las Escrituras como:  la oración (Mt. 6:5), la limosna (Mt. 6:1-2), el diezmo (Mt. 23:23) y otros; que “mi palabra no halla cabida en vosotros” (Jn. 8:37).  Es obvio que no se refería a toda la Palabra de Dios, sino a una parte concreta de ella.  A los mismos dijo, en Jn. 8:45:  “porque digo la verdad, no me creéis”.  De nuevo, está claro que no significa toda la verdad, sino un aspecto concreto de ella.

3.             Se ve claramente en 1 P. 1 que “la verdad”, “la palabra” y otras expresiones parecidas no siempre significan todas las Escrituras.  A creyentes, el v. 23 dice:  “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.”  Cuando uno cree en Cristo no sabe todo lo que hay en la Biblia y no lo tiene que saber para ser salvo, o renacido.  Lo que sí que tiene que saber es aquella palabra que se describe en el v. 25 como el evangelio.  El evangelio es que Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día conforme con las Escrituras (1 Co. 15:1-4).  Si se comparan los v. 23 y 25 de 1 P. 1, se verá tan claro como el agua que “la palabra” de Dios bajo consideración es el evangelio, no todas las Escrituras.  También, “la verdad” a que se refiere el v. 22 es la verdad del evangelio, no todas las verdades de la Biblia.

4.             Ésta era la verdad que los fariseos no habían creído, resultando en su perdición (Jn. 8:45).  Ésa era la palabra que no tenía cabida en ellos (Jn. 8:37).  Esta palabra y esta verdad son idénticas, correspondiendo con “la verdad” y “la palabra” de 1 Jn. 2:4, 5, 7.  Son referencias a la verdad, o palabra, que hay que predicar a los pecadores alejados de Dios.  Cuando creen en ella llegan a ser hijos de Dios.  No son referencias a toda la verdad, o a cualquier verdad diseñada para indicar el andar de los que ya son hijos de Dios.

C.            “La palabra” y “los mandamientos” de nuestro texto están íntimamente relacionados.

1.             “La palabra de Dios” es el instrumento de la revelación mediante el cual el pecador perdido percibe su condición y el remedio para la misma.

2.             “Los mandamientos” mencionados en el texto tienen que ver con la responsabilidad del hombre ante la revelación de la Palabra.

3.             El significado en conjunto de la palabra y los mandamientos es “la fe en la verdad” (2 Ts. 2:13).  Es creer el evangelio (Mr. 1:15), recibir el testimonio (Jn. 3:33) o creer a nuestro anuncio  (Ro. 10:16).

4.             “La verdad”, “el evangelio”, “su testimonio” y “nuestro anuncio”, a la luz del contexto, corresponden con exactitud a “la verdad”, “su palabra”, “la simiente” y “el testimonio” de 1 Jn. 2:4, 5, 21; 3:9, 5:10.  Ninguna de estas referencias significa todas las verdades de las Escrituras, sino hacen referencia a “la palabra de verdad” mediante la cual nacemos en la familia de Dios (Stg. 1:18).  Se refieren al “evangelio” (1 P. 1:25), por el cual somos “renacidos” (1 P. 1:23).  Es el evangelio por el cual nacemos en la familia de Dios (1 Co. 4:15).

5.             “Fe, creer, recibir”, etc. corresponden a “los mandamientos” de 1 Jn. 2:3-4, porque la respuesta del pecador ante la verdad, o la palabra del evangelio, debe ser creer, o recibir.  Se le exige creer el evangelio (Hch. 16:31).

D. Así que, un análisis de 1 Jn. 2:3-8 demuestra que no quiere decir que una persona deba guardar toda la Palabra, o todos los mandamientos, para ser salvo.  El pasaje enseña que la persona debe oír la parte dirigida a los incrédulos y obedecer el mandato de creer si quiere ser salvo.

 

II.                 LOS MANDAMIENTOS DE 1 JN. 2:4 SON DOS:  CREER Y AMAR.

A.           El primero se llama “el mandamiento antiguo”.

1.             “Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio” (1 Jn. 2:7).

2.             Este “mandamiento antiguo” se especifica en 1 Jn. 3:23:  “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo...”  (Trataremos la última parte más adelante.)

3.             Juan dice que hemos tenido este mandamiento “desde el principio” (1 Jn. 2:7).  Jesús menciona el principio a que se refiere en Jn. 15:27.  Mr. 1:1 habla del “principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.”  En el principio de su predicación, comenzando con el bautismo de Juan, Jesús afirmó ser el Cristo o el Salvador.  Dios dijo:  “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17).  “Desde que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mr. 1:14-15).  Todas estas escrituras demuestran que el mandamiento antiguo, que Jesús predicó desde el comienzo, era que los hombres creyeran la verdad, la palabra o el evangelio de que el Mesías y gran sacrificio de Dios había llegado en la persona de Jesucristo.

4.             Jesús afirmó, desde el principio de su ministerio terrenal, que era el Mesías y que la salvación era por Él (Jn. 8:24).  Así pudo decir que lo había declarado a sus oyentes desde el principio (Jn. 8:25).  Lo que decía a sus oyentes desde el principio era lo mismo que Moisés y los demás profetas habían declarado desde el principio de las Escrituras.  Pablo se declaró a sí mismo como testigo “dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles” (Hch. 26:22-23).  Esto es el evangelio, y Pablo dice que era anunciado por Moisés y los profetas.  Después de la resurrección de Jesús, éste apareció a dos de los discípulos en el camino de Emaús y les dijo:  “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!  ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?  Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lc. 24:25-27).  Cualquiera que conoce las Escrituras sabe que el mandamiento a los incrédulos se anuncia desde la antigüedad.  La obra venidera de Jesucristo y la necesidad de tener fe en Él, se anuncia repetidamente en el Antiguo Testamento, por profecías directas y también por tipos y símbolos.

5.             El mandamiento antiguo, que se especifica como ningún mandamiento nuevo (1 Jn. 2:7), no es difícil de identificar.  El mandato divino para los incrédulos siempre ha sido creer en el evangelio.

B.            Sin embargo, en 1 Jn. 2:8, Juan menciona “un mandamiento nuevo”.

1.             Jn. 13:34 nos explica cuál es este nuevo mandamiento:  “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.”

2.             Ahora bien, como Jn. 13:35 muestra, este mandato se da al que ya es hijo de Dios.  Es así porque no podemos tener el amor de Dios dentro de nosotros hasta la conversión.  Cuando el Espíritu de Dios entra en nosotros al tener fe (Gá. 3:2), recibimos el verdadero amor de Dios.  Por eso 1 Jn. 4:19 dice que “le amamos a él, porque él nos amó primero.”  Al tener fe en Jesucristo, Dios mismo nos enseña a amar.  “Porque acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros” (1 Ts. 4:9).

3.             Así que, el amor (no necesariamente una manifestación correcta del mismo) llega a ser un testimonio exterior de nuestra obediencia al mandato de Dios de creer el evangelio.  O sea, da testimonio de que somos salvos.  “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos.  El que no ama a su hermano, permanece en muerte”  (1 Jn. 3:14).

C.           Ahora la fe y el amor, el mandamiento antiguo y el nuevo, son inseparables.

1.             Cuando uno cree, automáticamente tiene el amor.  Por eso 1 Jn. 3:23 (que prometí continuar estudiando) dice:  “Y este es su mandamiento:  Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado.” Los dos mandamientos llegan a ser inseparables.  No puedes creer de verdad sin amar a los hermanos.  La evidencia de este amor variará, pero siempre tenemos amor.  “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él”  (1 Jn. 5:1).

2.             Dios es amor (1 Jn. 4:8, 16).  Cuando uno nace espiritualmente, Dios le concede su amor (1 Ts. 4:9; Ro. 5:5).  Así que, en 1 Jn. 2:8, Juan afirma que el amor de Dios “es verdadero en él y en vosotros”.  El amor llega al tener fe y es una señal de ella.

3.             Los mandamientos creer y amar se separan y se denominan mandamientos, en plural, para distinguir el orden en que tienen lugar.  Aunque ambos están involucrados de forma simultánea en la conversión, creer en el evangelio ocurre antes que el amor hacia los hermanos, porque es sólo cuando uno cree que recibe el amor en su corazón (Ro. 5:5).

4.             La inseparabilidad de los dos mandamientos hace de ellos un mandamiento.  En 1 Jn. 3:23 se refiere a los dos como “mandamiento” en singular.  “Y este es su mandamiento:  Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado.”

 

            Por lo tanto, concluimos que la Palabra de Dios no enseña, ni aquí ni en otro sitio, que los hombres se salven guardando todos los mandamientos de la Biblia.  Los mandatos que se nos instruye a guardar son específicos y limitados, y no tienen que ver con los mandatos acerca del andar diario del hijo de Dios.  En Gá. 2:16, Pablo escribe que “sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.”  También dice en Ro. 3:28: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.”  Estas verdades todavía rigen.  Ni 1 Jn. 2:3-8 ni ningún otro pasaje las contradice.  La salvación de la pena del pecado todavía es el resultado de obedecer el único mandato divino al incrédulo, creer en el evangelio.  De ninguna manera es el resultado de obedecer los mandatos sobre el andar del hijo de Dios.

 

Lo que cree hace la diferencia